VHF: Canal 77
"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." — Altair

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NORMAS DEL FORO: OBLIGATORIA SU LECTURA

Hola cofrade, has recalado en la Taberna del Puerto, algo más que un foro náutico. Eres bienvenido, participa, aprende y enséñanos; de eso se trata, de enriquecernos todos en nuestros conocimientos, y sobre todo de pasar un buen rato. No entres si vienes buscando conflictos, polémicas o cualquier otro fin que no sean los anteriormente descritos. Tenemos algunas normas y es obligatorio que las leas antes de empezar.

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Así se evita que alguien pueda coger los datos de tu cuenta y pedir que se borre la misma.

Por otro lado advertir que los mensajes del usuario aparecerán, una vez borrada la cuenta, como realizados por un "invitado" ya que las intervenciones en un Foro público, son públicas. Es decir, desde el momento en que se publican dejan de pertenecer al usuario. Por otro lado, como siempre hay contestaciones a los mensajes, si algunos son borrados, el hilo deja de tener sentido.

En cualquier caso, si existe algún o algunos mensajes en el que aparezcan datos personales que el usuario no quiere que sigan apareciendo, ANTES de pedir la baja, podrá reportarnos estos mensajes, usando la opción "reportar mensajes" y nosotros eliminaremos esos datos personales.

Se entiende que una vez borrada la cuenta, esta acción es irreversible, con lo cual no se podrá volver atrás.


Estas normas pueden ser modificadas sin previo aviso, por lo que se recomienda consultarlas regularmente...



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Os propongo un juego

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  • #61
    Re: Os propongo un juego

    CAPITULO II

    El sol casi tocaba el mar, mientras la tripulación terminaba sus tareas del dia, Manuel saco una red del agua, dentro, un precioso atun, tres caracolas y una Langosta. Con una habilidad musical, limpio el pescado y lo bajo a la cocina. Un gran caldero bullia al fuego de una antigua estufa.

    Sin embargo, y a pesar del reluciente Sol, Manuel de un gesto le indicó que diera un vistazo al sudoeste, donde unos oscuros y tenebrosos nubarrones se estaban estableciendo.
    -És una tormenta tropical, explicó Manuel, pero debemos controlar que no se convierta en un huracán. Voy a bajar al tambucho a mirar el parte y si viene para acá, zarparemos inmediatamente para poner agua de por medio.
    -Está bien -contestó Esteban, mientras disimulaba su cojera- yo mientras voy a proa a asegurar el fondeo.

    Eso le daria ocasion para mirar algo el barco, aunque su avezado ojo ya le hablaba vida y milagros de su nuevo pupilo..los barcos pasaban a ser casi personas para el, si decidia hacerse cargo de alguno. Un Baltic Trader ketch, construido en Dinamarca para alguna pesqueria en principio, tan robusto como para pelearse con los hielos de Islandia en invierno o los calamentos de redes cerca de las rocas aflorantes de los fiordos noruegos persiguiendo bacaladas. Luego seria adecentado, comprado en subasta por un particular y usado de morada flotante en algun canal de Amsterdam. Como hubiera terminado en el Mediterraneo y en manos de Manuel...cocinero de buque de linea, como llegaria a saber mas tarde, formaba parte de una historia todavia desconocida pero que terminaria conociendo al detalle, se temio..encogiendose finalmente de hombros.

    Tras una primera toma de contacto decidió mirar hacia el puerto, quizás para ver lo que dejaba atrás tras tomar la decisión más arriesgada en lo que llevaba de año. Su rostro, instantáneamente melancólico, enseguida con aire de seguridad y satisfacción por haberse embarcado en lo que podría ser una aventura sin precedentes, experimentó un brusco cambio seguido de la segregación de sudor frío mientras observaba cómo la grúa se llevaba el viejo coche que dejó mal aparcado por las prisas. La rabia se apoderó momentáneamente de su estado de ánimo y no paró de gritar improperios referidos al conductor y su familia durante tres largos minutos. Con el sentimiento de impotencia, característico de estos casos; cogió el móvil, escaso de batería quiso hacer una última llamada digital a tierra. Es evidente que su exmujer cuando escuchó esa petición de recoger el coche y pagar la pertinente multa, no prolongó la conversación más de lo necesario, permitiendo que la batería de nuestro protagonista mantuviera un nivel de carga suficiente como para hacer, en el futuro, una llamada más, la cual se convertiría en la más importante de su vida.

    Manuel salió decidido del tambucho arreó unos fuertes mamporrazos a una campana de bronze.
    - Preparados para zarpar!- gritó con todo el aliento que tenía.
    - Todo el mundo a cubierta!
    Y al momento Panxut, Embat y Comodoro se reunieron con ellos.
    Esteban seguia cojeando sigilosamente, y a cada paso que daba con el pie malo, notaba como si lo hundiera en el fango, por causa de la sangre empapada en los vendajes.
    - Tenemos una tormenta tropical que se acerca; viene directa hacia aquí. No creo que se convierta en huracán, pero zarpamos inmediatamente porque dudo que el fondeo aguante unos vientos de Beaufort 8 y más allá. En el mar estaremos mas seguros, bueno, por lo menos Siete Mares estará más seguro.
    - Pero yo no venía con vosotros, yo solo estaba repasando el motor- argumentó Comodoro.
    - Por el momento no hay elección, el motor del auxiliar no funciona y a remos dudo que alcanzaras la costa. Además nos harán falta todos los brazos que podamos disponer.
    - ... y piernas!- pensó Esteban.
    - Levad el áncla!
    - Izad la Mayor con un rizo, zarpamos!
    Sólo se oyó el sordo ruido de la cadena sobre el barbotén y el de la driza de la mayor bajo las poleas. La pesada ancla quedó a pique casi al momento, pendulando bajo la amura. Un último esfuerzo para estibarla junto al bauprés y todo listo para cortar el agua. Esteban ordenó izar el foque. -Dónde está el enrrollador? Preguntó inocente Panxut.
    -En mi barco,- repuso el armador- mariconadas las justas!. El tono disgustó a todos, pero poco a poco iban a conocer el verdadero carácter del armador. Izaron el foque y tomaron rumbo SW.

    La tripulación cumplía las ordenes de Esteban y éste aprovechó para bajar a su cabina y ponerse el traje de aguas, la cabina era más bien estrecha y repleta de enseres inservibles, más parecía un cajón de sastre que el camarote del capitán, mientras se cambiaba de ropa para ponerse más comodo, se observó en un viejo espejo atornillado a la pared, a sus casi cincuenta años aun se conservaba bien, era espigado y de hombros anchos, su cara alargada rematada con un mentón recto y duro, sus ojos grandes color avellana y una profunda cicatriz que nacía en la ceja izquierda y resbalaba por su mejilla hasta perderse entre una barba de varios días, le daban un aspecto entre descuidado e inquietante, se quedó pensativo por unos segundos recordando el porqué de la cicatriz, el sonido de una baliza retumbó en sus oidos devolviéndole a la realidad se embutió rapidamente en su traje de aguas y subió a cubierta cuando el Siete Mares se deslizaba raudo, al través, el arrecife sur.

    En cubierta y de la mano de la memoria de los navegantes de antaño, aquel barco orientándose por las estrellas, con sus propios ojos, con su propia memoria después. Instrumentos, mapas y cartas marinas. El tiempo da la razón a la historia de estos navegantes, la calidad de los hombres del mar que, hoy dista mucho de parecerse y parecernos a ellos. Todos tienen su tarea escrita en la suerte y la experiencia en ella.

    Tan pronto como rebasaron el atolón, bordaron hacia el oeste. El mar estaba formado y el viento desaparecía por momentos. Manuel y Panxut decidieron bajar a la sala de máquinas a poner en marcha el motor. Esteban pilló el timón, tomando al mar por babor y el viento por la aleta, casi por popa.
    Sudaba a causa de la meticulosa faena de recomponer el rumbo, con la rueda, a cada bandazo que le daba una nueva ola.
    Sudaba a causa del calor y el bochorno que se estaba apropiando de la átmósfera y sudaba, temía, por causa de la fiebre que le producía la herida que se había hecho en el pie, y que nno había dejado acabar de curar a esa linda enfermera.
    El sonido sordo y acompasado de los primeros pistonazos del motor, que se percibía potente bajo sus pies le reconfortó.
    La vela hay que velarla, y si no, no largarla


    "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
    Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




    Jamboequipoderegatas

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    • #62
      Re: Os propongo un juego

      Estoy, humilde y modestamente, dándole forma al primer capítulo para unificar los múltiples estilos literarios que vuecencias destilan, en cuanto me sea posible colgaré el primero de nuevo, de todas maneras sigan ustedes que els egundo ya esta en marcha y estoy intrigado en saber que pasa.
      La vela hay que velarla, y si no, no largarla


      "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
      Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




      Jamboequipoderegatas

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      • #63
        Re: Os propongo un juego

        Salud hermanos de la costa.

        Después de leer con atención lo que vá de relato,encuentro que hay algún gazapillo o lapsus a mi humilde entender,
        Veamos es un Ats(se entiende que es un hombre) o es una linda y joven enfermera, o es un facultativo, las tres cosas a la vez no puede ser.
        No se entiende muy bién de donde zarpa ya que en algún momento se habla del Mediterraneo, gruas que se llevan el coche ..... y por otro lado se habla de tormentas tropicales huracanes atolones arrecifes....

        Bueno a lo mejor entendí mal....

        De todas formas vá cogiendo color

        Salud y buén viento
        Salud y buen viento


        sigpic

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        • #64
          Re: Os propongo un juego

          Originalmente publicado por addabaran Ver Mensaje
          Estoy, humilde y modestamente, dándole forma al primer capítulo para unificar los múltiples estilos literarios que vuecencias destilan, en cuanto me sea posible colgaré el primero de nuevo, de todas maneras sigan ustedes que els egundo ya esta en marcha y estoy intrigado en saber que pasa.
          Las galeradas, ya se sabe... . addabaran es que somos impulsivas-os de narices. Entretanto voy afilando el lápiz o la tecla
          Un saludo y ¿habrá piratas malos?
          Avrei voglia di correre all’infinito

          e vedermi arrivare sempre prima di me
          e

          Avrei tanta voglia di te

          B. Costa

          Comentario


          • #65
            Re: Os propongo un juego

            Originalmente publicado por Chiqui Ver Mensaje
            Un saludo y ¿habrá piratas malos?
            Ja ja ja!
            Que forma más sutil de preguntar si habrá tios buenos!

            És que como sois las mujeres, siempre pensando en lo mismo!!!
            Siempre llevo un fino sedal, con un anzuelo y un señuelo en el bolsillo, para cuando llegue mi hora, y me halle navegando, con Caronte hacia el otro lado del río, aprovechar para hacer curri; pues no hay duda que daré mejor impresión, de presentarse ante el portero con unos buenos peces recién pescados como ofrenda.

            Comentario


            • #66
              Re: Os propongo un juego

              Originalmente publicado por pim Ver Mensaje
              Ja ja ja!
              Que forma más sutil de preguntar si habrá tios buenos!

              És que como sois las mujeres, siempre pensando en lo mismo!!!

              Aupa pim!!!! que las musas nos tienen que pillar trabajando.
              Además me gusta mucho como escribes, oye.
              Un saludo.
              Avrei voglia di correre all’infinito

              e vedermi arrivare sempre prima di me
              e

              Avrei tanta voglia di te

              B. Costa

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              • #67
                Re: Os propongo un juego

                Queridos cofrades, voy a colgar el primer capítulo ya retocado, no se ofendan ustedes, lo hecho con todo el cariño, simplemente he buscado coherencia sin modificar los vaivenes en el guión ya que de eso va este juego, cada uno puede hacer que el guión vaya hacia donde le plazca, simplemente buscaré cooridnarlo y si elimino algo lo utilizaré como inspiración y a lo mejor simplemente he cambiado su ubicación en el texto o le he dado otra forma, pero no me pasen por la quilla.

                Pienso que el capítulo que ahora cuelgue no deberíamos tocarlo por el sistema de copiar y pegar, simplemente deberíamos enviar mensajes apoyandoló o criticándoló o lo que os dé la gana, se recomienda al que critique que se moje y aporte ideas, cuanta más gente mejor.

                Por otra parte, pienso que deberíamos utilizar el post abierto por malamar para añadir del mismo modo que hemos hecho hasta ahora por copiar y pegar el segundo capítulo´, así hasta que decidamos si hay que abrir otra carpeta con la novela, he dicho bien, novela, definitiva.

                La vela hay que velarla, y si no, no largarla


                "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
                Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




                Jamboequipoderegatas

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                • #68
                  Re: Os propongo un juego

                  - CAPÍTULO PRIMERO -

                  Deslizaba los pies con parsimonia por el pantalán, arrastrando tras de sí su viejo petate cargado con las pocas pertenencias que necesitaba, un traje de aguas parcheado, un par de jerséis, ropa interior, una navaja multiusos, un viejo compás de marcaciones y poco más.

                  Todavía faltaban dos horas para amanecer y la niebla cubría el puerto emboscando el eco de la baliza del arrecife sur.

                  Los barcos, perfectamente alineados, dormitaban movidos perezosamente por las aguas, empapados por la humedad.

                  Hacía frío, desde luego no parecía un buen día para enrolarse en un velero del que conocía poco más que su nombre, Siete Mares.

                  Apenas le habían hablado del barco, sólo que se trataba de un velero clásico y de diseño nórdico. Cada vez había más incompetentes trabajando en la agencia de transporte naval, pensó.

                  Cuando imaginaba al Siete Mares, le venían a la memoria los antiguos grabados de su abuelo, también marino, recordando estas ilustraciones de antiguos veleros, y especialmente una, un viejo Clíper dedicado al transporte de mercancías en la costa Este norteamericana, le parecía que, a veces, la realidad era como una sucesión virtual de dibujos imaginarios con algún que otra trazo suelto, fugaz, delicado, turbador, como la esfinge de una mujer, de tantas y tantas mujeres que habían dejado huella en su vida.

                  Las sombras de la noche jugueteaban con los barcos.

                  Tranquilamente, sin despertar sus pensamientos medio dormidos, se encendió un cigarrillo y comenzó a fumar de forma pausada, le gustaba llegar con tiempo y ver amanecer en el puerto.

                  Con la vista fija en el oscuro horizonte esperaba ver asomar las velas del Siete Mares. Debía recalar al final del muelle antes del amanecer, para embarcarlo. Caminaba cadenciosamente por el muelle flotante y no cayó en la cuenta que aquel maldito clavo se había ido soltando del pantalán con el vaivén de las olas.

                  Mediría como poco unos siete centímetros y le devolvió a la realidad penetrando en su pie hasta el mismo hueso, como lo hacían las malas ideas de tanta gente perversa con la que se había topado a lo largo de su vida.

                  El dolor era insoportable y apenas unos instantes habían bastado para teñir el suelo de un rojo intenso. Alcanzó a duras penas su viejo coche, aparcado a la salida del puerto, como pudo lo puso en marcha y se dirigió sin perdida de tiempo al hospital más cercano.

                  - Para un viejo pellejo como tú, esto va a ser poca cosa - le espetó la enfermera mientras intentaba camuflar el tamaño real de la jeringuilla que se proponía administrarle como prevención antitetánica.

                  Él se sonrió ante tan pueril estratagema innecesaria para su viejo cuerpo, verdadera antología de desgarros y malos tajos acumulados en mil peleas de taberna portuaria en busca de los favores de las bellas del lugar, cuando no, recibiendo los muchos sinsabores que depara el destino al que arriesga su vida en un mar embravecido.

                  Con un dolor insoportable, tras el pinchazo de la joven enfermera, regresó caminado torpemente hacia su coche, maldiciéndose por no haber estado pendiente de ese maldito clavo oxidado y esperando que el anestésico local que le habían suministrado hiciera efecto de una puñetera vez.

                  Ya era tarde, había quedado con Manuel, el armador del Siete Mares a las ocho de la mañana pero el incidente lo había retrasado.

                  Eran casi las nueve, debía darse prisa, decidió que el dolor no le fastidiaría su primer día a bordo del Siete Mares y se apresuró para no perder ni un minuto más en enrolarse en su nuevo destino, arrancó su viejo Renault y puso rumbo al puerto, casi derrapando, frenó el coche junto a una vieja caseta de pescadores y llegó, no sin cierta dificultad hasta el pantalán donde debía encontrarse con Manuel y el soñado, Siete Mares.



                  Finalmente lo encontró meciéndose suavemente con la brisa y el oleaje.


                  Tuvo que leer dos veces el letrero que figuraba en la amura de estribor, el Siete Mares era un pequeño bote de pesca de escasos cinco metros de eslora, su esmirriado palo parecía más resignado en mantener su propia y precaria verticalidad que en la posibilidad de envergar nada que pudiera parecerse a una vela. La estampa se remataba con un viejo motor seagull fueraborda, que debía arrancar cuando le viniese en gana.

                  No pudo ocultar fruncir el entrecejo al observar con más detenimiento al Siete Mares, alguien le había jugado una mala pasada.

                  En la agencia le aseguraron que éste era un buen encargo, debía pilotar un viejo velero de rancio abolengo en un viaje, cuyo destino era, para él, todavía una incógnita, pero que le alejaría de tierra varios meses y aunque no arrastraba tras de sí una turbia historia que olvidar, ni dejaba en puerto un amor maldito que le empujara mar adentro, ni tampoco llevaba en su viejo petate ni uno solo de los ingredientes que aderezan cualquier relato de ambiente marinero, necesitaba poner distancia de por medio y una vez más, el mar le parecía el lugar más alejado de todo y de todos.

                  Añoraba esas horas en las que la esclavitud de las guardias o la liberación de ellas le permitían estar solo, pendiente del horizonte, fumando acodado en la regala o con los ojos vacíos de pensamientos era todo lo que le pedía a la vida en ese momento, necesitaba sentirse abrazado por el mar azul, en silencio.

                  Eso y que la maldita herida no le volviera a doler.

                  Le echó una última mirada al bote, con idea de girar sobre sus talones y salir huyendo y pensó que del Siete Mares bien se podía decir que era rancio, pero desde luego no afloraba por ninguna parte su tan cacareado abolengo.


                  Para entonces se había acercado a la proa un tipo rechoncho, debería rondar los sesenta años, su piel cetrina endurecida por el sol no ocultaba una mirada serena y pícara, que contrastaba con una ristra de dientes desalineados y amarillos que sobresalían de su ancha cara, sus ojos grises le miraban divertido, sin duda se había dado cuenta de su sorpresa, se presentó como Manuel mientras le sonreía.

                  De un brinco, propio de un marino avezado, bajó del Siete Mares y se plantó en el pantalán, le tendió la mano y estrechándosela efusivamente le dijo:

                  - Bienvenido por fin Esteban, me alegro de conocerte –

                  Esteban adivinaba en la escrutadora mirada de Manuel su extrañeza por su aspecto y seguro que estaba sopesando la información que de él mismo le habían dado en la Agencia.

                  - Casi treinta años de marino mercante, dé usted nombre del buque y su ruta y seguro que habrá estado antes o después... sólo es feliz embarcado y por el sueldo no se preocupe, no necesita mucho tan solo algo que le ayude a vivir hasta el día siguiente, eso sí que le quede algo para que su ex mujer le deje en paz - esa era la tarjeta de visita que, en la Agencia habían dado de Esteban, en fin todo por embarcar de nuevo, esta vez en un velero.

                  -Sube el petate a la chalupa y te llevo al Siete Mares lo tengo fondeado fuera de la bocana. voy y vengo con este bote, verás, peso demasiado para una de esas cosas ridículas de goma, me parecería andar sentado en un anillo para almorranas... -añadió mientras se abría entero en otra gran risotada al observar la cara de estupor que se le había quedado a un Esteban confuso.

                  El british seagull arrancó inesperadamente a la primera y el bote comenzó a moverse dejando tras de sí una humareda espesa, fruto de la mezcla al doce por ciento que gastaba, Esteban sonreía, si seguían así pronto los demás barcos harían sonar sus bocinas de niebla, pensó, mientras, Manuel entre carcajadas decía, que tanto humo le facilitaba la pesca pues los peces nunca podían imaginar que tras esa densa nube pudiera haber un bote al acecho con sus cañas y volantines.


                  El mar estaba plano como un espejo, pero el bote avanzaba trabajosamente, empujado por aquel desvencijado motor que más que navegar se diría que se arrastraba por una empinada cuesta, hasta que a pocas brazadas de abordar al Siete Mares, varias taquicárdicas explosiones lo pararon definitivamente sin remisión.

                  Alcanzaron el barco con un par de remadas.


                  Le gustó. Le gustó mucho ya cuando lo adivinaba entre la humareda del fuera borda.

                  Embarcaron los remos y protegieron los cascos de ambas embarcaciones con unos brazos raudos que se iban a la maniobra sin pensar, como dos autómatas.

                  - Ya no estoy para estos francobordos tan altos - le espetaba Manuel tras el esfuerzo.

                  Sudoroso, Esteban alzó la vista y observó de nuevo la majestuosa silueta del Siete Mares, dibujándose perfecta contra el nítido azul de la mañana, anticipándose a su intriga por ver gente sobre el puente, Manuel, se apresuró a explicarle.

                  - No, no creas que tengo ya la tripulación completa, ojalá pero no, de momento me arreglo con marineros del varadero que se han ofrecido a trabajar por su cuenta, buena gente, el de arriba en las crucetas es un tal Embat, y revisando el motor está un tal Panxut, a ese hay que dejarle que haga lo que le venga en gana, va a su aire, pero nunca le terminan sobrando piezas, las usa todas, aunque quizás para otra cosa distinta de la original, dicen que es un fuera de serie con las herramientas, aunque también dicen de él que no siempre las ha usado para lo que debería y que más vale no contravenir sus caprichos. – finiquitó la aclaración encogiéndose de hombros.


                  Esteban sonrió y con una ligereza asombrosa trepó por la escala encaramándose a la borda y saltando a la cubierta, momento en el que una aguda punzada le recordó su maltrecho pie, lo que se reflejó en una leve mueca involuntaria, pero curtido como estaba en mil batallas, no le iba a arredrar una pequeña herida, recordó por un instante aquel ataque de un tiburón tigre que había arponeado en Tahití y que aun moribundo casi le arranca su brazo derecho.

                  Ese doloroso recuerdo dejó pasó a una sosegada alegría, ya se encontraba a bordo del Siete Mares, estaba deseoso de revisar su nuevo barco y discutir con el armador el destino de la singladura, todo parecía perfecto, aunque no se quitaba de la cabeza la advertencia que Manuel le había hecho sobre el tal Panxut, le intrigaba y no sabía si debía temerle por ello, un barco podía llegar a ser muy pequeño si surgían desavenencias en alta mar.

                  La cubierta limpia y despejada dejaba ver el lustre de las maderas nobles utilizadas para construir el velero.
                  La vela hay que velarla, y si no, no largarla


                  "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
                  Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




                  Jamboequipoderegatas

                  Comentario


                  • #69
                    Re: Os propongo un juego

                    Originalmente publicado por addabaran Ver Mensaje
                    - CAPÍTULO PRIMERO -

                    Deslizaba los pies con parsimonia por el pantalán, arrastrando tras de sí su viejo petate cargado con las pocas pertenencias que necesitaba, un traje de aguas parcheado, un par de jerséis, ropa interior, una navaja multiusos, un viejo compás de marcaciones y poco más.

                    Todavía faltaban dos horas para amanecer y la niebla cubría el puerto emboscando el eco de la baliza del arrecife sur.

                    Los barcos, perfectamente alineados, dormitaban movidos perezosamente por las aguas, empapados por la humedad.

                    Hacía frío, desde luego no parecía un buen día para enrolarse en un velero del que conocía poco más que su nombre, Siete Mares.

                    Apenas le habían hablado del barco, sólo que se trataba de un velero clásico y de diseño nórdico. Cada vez había más incompetentes trabajando en la agencia de transporte naval, pensó.

                    Cuando imaginaba al Siete Mares, le venían a la memoria los antiguos grabados de su abuelo, también marino, recordando estas ilustraciones de antiguos veleros, y especialmente una, un viejo Clíper dedicado al transporte de mercancías en la costa Este norteamericana, le parecía que, a veces, la realidad era como una sucesión virtual de dibujos imaginarios con algún que otra trazo suelto, fugaz, delicado, turbador, como la esfinge de una mujer, de tantas y tantas mujeres que habían dejado huella en su vida.

                    Las sombras de la noche jugueteaban con los barcos.

                    Tranquilamente, sin despertar sus pensamientos medio dormidos, se encendió un cigarrillo y comenzó a fumar de forma pausada, le gustaba llegar con tiempo y ver amanecer en el puerto.

                    Con la vista fija en el oscuro horizonte esperaba ver asomar las velas del Siete Mares. Debía recalar al final del muelle antes del amanecer, para embarcarlo. Caminaba cadenciosamente por el muelle flotante y no cayó en la cuenta que aquel maldito clavo se había ido soltando del pantalán con el vaivén de las olas.

                    Mediría como poco unos siete centímetros y le devolvió a la realidad penetrando en su pie hasta el mismo hueso, como lo hacían las malas ideas de tanta gente perversa con la que se había topado a lo largo de su vida.

                    El dolor era insoportable y apenas unos instantes habían bastado para teñir el suelo de un rojo intenso. Alcanzó a duras penas su viejo coche, aparcado a la salida del puerto, como pudo lo puso en marcha y se dirigió sin perdida de tiempo al hospital más cercano.

                    - Para un viejo pellejo como tú, esto va a ser poca cosa - le espetó la enfermera mientras intentaba camuflar el tamaño real de la jeringuilla que se proponía administrarle como prevención antitetánica.

                    Él se sonrió ante tan pueril estratagema innecesaria para su viejo cuerpo, verdadera antología de desgarros y malos tajos acumulados en mil peleas de taberna portuaria en busca de los favores de las bellas del lugar, cuando no, recibiendo los muchos sinsabores que depara el destino al que arriesga su vida en un mar embravecido.

                    Con un dolor insoportable, tras el pinchazo de la joven enfermera, regresó caminado torpemente hacia su coche, maldiciéndose por no haber estado pendiente de ese maldito clavo oxidado y esperando que el anestésico local que le habían suministrado hiciera efecto de una puñetera vez.

                    Ya era tarde, había quedado con Manuel, el armador del Siete Mares a las ocho de la mañana pero el incidente lo había retrasado.

                    Eran casi las nueve, debía darse prisa, decidió que el dolor no le fastidiaría su primer día a bordo del Siete Mares y se apresuró para no perder ni un minuto más en enrolarse en su nuevo destino, arrancó su viejo Renault y puso rumbo al puerto, casi derrapando, frenó el coche junto a una vieja caseta de pescadores y llegó, no sin cierta dificultad hasta el pantalán donde debía encontrarse con Manuel y el soñado, Siete Mares.



                    Finalmente lo encontró meciéndose suavemente con la brisa y el oleaje.


                    Tuvo que leer dos veces el letrero que figuraba en la amura de estribor, el Siete Mares era un pequeño bote de pesca de escasos cinco metros de eslora, su esmirriado palo parecía más resignado en mantener su propia y precaria verticalidad que en la posibilidad de envergar nada que pudiera parecerse a una vela. La estampa se remataba con un viejo motor seagull fueraborda, que debía arrancar cuando le viniese en gana.

                    No pudo ocultar fruncir el entrecejo al observar con más detenimiento al Siete Mares, alguien le había jugado una mala pasada.

                    En la agencia le aseguraron que éste era un buen encargo, debía pilotar un viejo velero de rancio abolengo en un viaje, cuyo destino era, para él, todavía una incógnita, pero que le alejaría de tierra varios meses y aunque no arrastraba tras de sí una turbia historia que olvidar, ni dejaba en puerto un amor maldito que le empujara mar adentro, ni tampoco llevaba en su viejo petate ni uno solo de los ingredientes que aderezan cualquier relato de ambiente marinero, necesitaba poner distancia de por medio y una vez más, el mar le parecía el lugar más alejado de todo y de todos.

                    Añoraba esas horas en las que la esclavitud de las guardias o la liberación de ellas le permitían estar solo, pendiente del horizonte, fumando acodado en la regala o con los ojos vacíos de pensamientos era todo lo que le pedía a la vida en ese momento, necesitaba sentirse abrazado por el mar azul, en silencio.

                    Eso y que la maldita herida no le volviera a doler.

                    Le echó una última mirada al bote, con idea de girar sobre sus talones y salir huyendo y pensó que del Siete Mares bien se podía decir que era rancio, pero desde luego no afloraba por ninguna parte su tan cacareado abolengo.


                    Para entonces se había acercado a la proa un tipo rechoncho, debería rondar los sesenta años, su piel cetrina endurecida por el sol no ocultaba una mirada serena y pícara, que contrastaba con una ristra de dientes desalineados y amarillos que sobresalían de su ancha cara, sus ojos grises le miraban divertido, sin duda se había dado cuenta de su sorpresa, se presentó como Manuel mientras le sonreía.

                    De un brinco, propio de un marino avezado, bajó del Siete Mares y se plantó en el pantalán, le tendió la mano y estrechándosela efusivamente le dijo:

                    - Bienvenido por fin Esteban, me alegro de conocerte –

                    Esteban adivinaba en la escrutadora mirada de Manuel su extrañeza por su aspecto y seguro que estaba sopesando la información que de él mismo le habían dado en la Agencia.

                    - Casi treinta años de marino mercante, dé usted nombre del buque y su ruta y seguro que habrá estado antes o después... sólo es feliz embarcado y por el sueldo no se preocupe, no necesita mucho tan solo algo que le ayude a vivir hasta el día siguiente, eso sí que le quede algo para que su ex mujer le deje en paz - esa era la tarjeta de visita que, en la Agencia habían dado de Esteban, en fin todo por embarcar de nuevo, esta vez en un velero.

                    -Sube el petate a la chalupa y te llevo al Siete Mares lo tengo fondeado fuera de la bocana. voy y vengo con este bote, verás, peso demasiado para una de esas cosas ridículas de goma, me parecería andar sentado en un anillo para almorranas... -añadió mientras se abría entero en otra gran risotada al observar la cara de estupor que se le había quedado a un Esteban confuso.

                    El british seagull arrancó inesperadamente a la primera y el bote comenzó a moverse dejando tras de sí una humareda espesa, fruto de la mezcla al doce por ciento que gastaba, Esteban sonreía, si seguían así pronto los demás barcos harían sonar sus bocinas de niebla, pensó, mientras, Manuel entre carcajadas decía, que tanto humo le facilitaba la pesca pues los peces nunca podían imaginar que tras esa densa nube pudiera haber un bote al acecho con sus cañas y volantines.


                    El mar estaba plano como un espejo, pero el bote avanzaba trabajosamente, empujado por aquel desvencijado motor que más que navegar se diría que se arrastraba por una empinada cuesta, hasta que a pocas brazadas de abordar al Siete Mares, varias taquicárdicas explosiones lo pararon definitivamente sin remisión.

                    Alcanzaron el barco con un par de remadas.


                    Le gustó. Le gustó mucho ya cuando lo adivinaba entre la humareda del fuera borda.

                    Embarcaron los remos y protegieron los cascos de ambas embarcaciones con unos brazos raudos que se iban a la maniobra sin pensar, como dos autómatas.

                    - Ya no estoy para estos francobordos tan altos - le espetaba Manuel tras el esfuerzo.

                    Sudoroso, Esteban alzó la vista y observó de nuevo la majestuosa silueta del Siete Mares, dibujándose perfecta contra el nítido azul de la mañana, anticipándose a su intriga por ver gente sobre el puente, Manuel, se apresuró a explicarle.

                    - No, no creas que tengo ya la tripulación completa, ojalá pero no, de momento me arreglo con marineros del varadero que se han ofrecido a trabajar por su cuenta, buena gente, el de arriba en las crucetas es un tal Embat, y revisando el motor está un tal Panxut, a ese hay que dejarle que haga lo que le venga en gana, va a su aire, pero nunca le terminan sobrando piezas, las usa todas, aunque quizás para otra cosa distinta de la original, dicen que es un fuera de serie con las herramientas, aunque también dicen de él que no siempre las ha usado para lo que debería y que más vale no contravenir sus caprichos. – finiquitó la aclaración encogiéndose de hombros.


                    Esteban sonrió y con una ligereza asombrosa trepó por la escala encaramándose a la borda y saltando a la cubierta, momento en el que una aguda punzada le recordó su maltrecho pie, lo que se reflejó en una leve mueca involuntaria, pero curtido como estaba en mil batallas, no le iba a arredrar una pequeña herida, recordó por un instante aquel ataque de un tiburón tigre que había arponeado en Tahití y que aun moribundo casi le arranca su brazo derecho.

                    Ese doloroso recuerdo dejó pasó a una sosegada alegría, ya se encontraba a bordo del Siete Mares, estaba deseoso de revisar su nuevo barco y discutir con el armador el destino de la singladura, todo parecía perfecto, aunque no se quitaba de la cabeza la advertencia que Manuel le había hecho sobre el tal Panxut, le intrigaba y no sabía si debía temerle por ello, un barco podía llegar a ser muy pequeño si surgían desavenencias en alta mar.

                    La cubierta limpia y despejada dejaba ver el lustre de las maderas nobles utilizadas para construir el velero.
                    Y como siempre que volvía a embarcar, al notar el olor a salitre y madera y al percibir el suave balanceo del barco amarrado, recordó su primera vez.

                    Nunca jamás volvería a ser como entonces, entre otras cosas, porque él embarcó en el último buque pirata del mediterraneo.

                    Con apenas ocho, !dios estamos hablando de 1938!, y en un carguero de madera matriculado en Malta.

                    Se mesó los cabellos en la evocación, confiando que el poco tinte que le quedaba en su rala cabellera aguantese y contribuyese a esa apariencia algo menor, de edad indefinida de hombre curtido.

                    Otto Skrienger, valiente hijo de puta! Cuando lo conoció fue tras una aparición fantasmal.
                    Una niebla en noche de mayo, en en canal, entre Denia e Ibiza. El buque, el carguero maltes, parecía sacado de una novela de R.L. Stenvenson, y la tripulación, sin duda salía de los peores lupanares de un Mediterráneo de entreguerras. Eso lo sabía con certeza, estuvo presente en el enrolamiento, y su corta edad, y su avispado ingenio, a capones se aprende, le permitían entrar y salir de todos sitios con impunidad. Y sus rizos infantiles enamoraban a las lumis, soñando el hijo que podían haber tenido o que tenían y jamás veían. Duros tiempos para la infancia.
                    La

                    Comentario


                    • #70
                      Re: Os propongo un juego

                      [quote=buzon;49037]Y como siempre que volvía a embarcar, al notar el olor a salitre y madera y al percibir el suave balanceo del barco amarrado, recordó su primera vez.

                      Nunca jamás volvería a ser como entonces, entre otras cosas, porque él embarcó en el último buque pirata del mediterraneo.

                      Con apenas ocho, !dios estamos hablando de 1938!, y en un carguero de madera matriculado en Malta.

                      Se mesó los cabellos en la evocación, confiando que el poco tinte que le quedaba en su rala cabellera aguantese y contribuyese a esa apariencia algo menor, de edad indefinida de hombre curtido.

                      Otto Skrienger, valiente hijo de puta! Cuando lo conoció fue tras una aparición fantasmal.
                      Una niebla en noche de mayo, en en canal, entre Denia e Ibiza. El buque, el carguero maltes, parecía sacado de una novela de R.L. Stenvenson, y la tripulación, sin duda salía de los peores lupanares de un Mediterráneo de entreguerras. Eso lo sabía con certeza, estuvo presente en el enrolamiento, y su corta edad, y su avispado ingenio, a capones se aprende, le permitían entrar y salir de todos sitios con impunidad. Y sus rizos infantiles enamoraban a las lumis, soñando el hijo que podían haber tenido o que tenían y jamás veían. Duros tiempos para la infancia.
                      La tripulación borracha dormía abotargada, excepto en el camarote del capitán que se oían las risas de Nicola, un joven de 16 años que huyendo de la mancebía cayó, bien por aventura, bien por falsas promesas en barragana del capitán.

                      El estaba solo en cubierta, aguantando el relente con un capote de lona que le venía grande por todos lados, pero que ni le quitaba el frío ni el miedo. En el barco, ya es hora que digamos su nombre, pues hace años que es pecio enfrente de la batería de Gibraltar, ( pero eso es otra historia), se llama DaybyDay, todo crujía y hacía ruido, y corría en cubierta y cámaras aparejos desordenados, rollos de cabos, tal era el desastre de tripulación.

                      Apenas por popa, y dando tan sólo 45 grados, un panal declaraba la existencia de algo.
                      Y por allí tenía que mirar.

                      Y miraba. Hasta que de pronto el agua empezó a hervir por popa, y a la vez, se me heló la sangre. Sin duda, y desde mis justos ocho años, venía la muerte en ese monstruo marino, negro, brillante, inmenso, que empezaba a salir a flote.
                      En influjo magnetico de pavor hizo todo. Me quedé quieto, mientras notaba calor en mi entrepierna. El monstruo no paraba de salir. Era gigantesco y negro, con brillos, y dos ojos vacíos, dos cuencas de ojos vacíos sin vida. Pensé que iba a morir, recordé todas las historias fanstamagóricas que me habían contado para asustarme y... que sin duda eran ciertas.
                      Retrocedí y caí, no se cuanto tiempo estuve tirado sobre la cubierta, y tan sólo me levanté cuando el monstruo inició un lamento agudo, profundo, interminable, horrible.
                      Desde la cabina, el capitan salió chillando alegremente, y tras unos instantes, se encendieron los focos de popa.

                      Frente a mí estaba uno de los primero U-Boats, ondeando la insignia nazi.

                      Y sobre su castillo, los ojos azules de su capitán, Ottro Skirenger, valiente hijo de puta.

                      Todo

                      Comentario


                      • #71
                        Re: Os propongo un juego

                        [quote=buzon;49037]Y como siempre que volvía a embarcar, al notar el olor a salitre y madera y al percibir el suave balanceo del barco amarrado, recordó su primera vez.

                        Nunca jamás volvería a ser como entonces, entre otras cosas, porque él embarcó en el último buque pirata del mediterraneo.

                        Con apenas ocho, !dios estamos hablando de 1938!, y en un carguero de madera matriculado en Malta.

                        Se mesó los cabellos en la evocación, confiando que el poco tinte que le quedaba en su rala cabellera aguantese y contribuyese a esa apariencia algo menor, de edad indefinida de hombre curtido.

                        Otto Skrienger, valiente hijo de puta! Cuando lo conoció fue tras una aparición fantasmal.
                        Una niebla en noche de mayo, en en canal, entre Denia e Ibiza. El buque, el carguero maltes, parecía sacado de una novela de R.L. Stenvenson, y la tripulación, sin duda salía de los peores lupanares de un Mediterráneo de entreguerras. Eso lo sabía con certeza, estuvo presente en el enrolamiento, y su corta edad, y su avispado ingenio, a capones se aprende, le permitían entrar y salir de todos sitios con impunidad. Y sus rizos infantiles enamoraban a las lumis, soñando el hijo que podían haber tenido o que tenían y jamás veían. Duros tiempos para la infancia.
                        La tripulación borracha dormía abotargada, excepto en el camarote del capitán que se oían las risas de Nicola, un joven de 16 años que huyendo de la mancebía cayó, bien por aventura, bien por falsas promesas en barragana del capitán.

                        El estaba solo en cubierta, aguantando el relente con un capote de lona que le venía grande por todos lados, pero que ni le quitaba el frío ni el miedo. En el barco, ya es hora que digamos su nombre, pues hace años que es pecio enfrente de la batería de Gibraltar, ( pero eso es otra historia), se llama DaybyDay, todo crujía y hacía ruido, y corría en cubierta y cámaras aparejos desordenados, rollos de cabos, tal era el desastre de tripulación.

                        Apenas por popa, y dando tan sólo 45 grados, un panal declaraba la existencia de algo.
                        Y por allí tenía que mirar.

                        Y miraba. Hasta que de pronto el agua empezó a hervir por popa, y a la vez, se me heló la sangre. Sin duda, y desde mis justos ocho años, venía la muerte en ese monstruo marino, negro, brillante, inmenso, que empezaba a salir a flote.
                        En influjo magnetico de pavor hizo todo. Me quedé quieto, mientras notaba calor en mi entrepierna. El monstruo no paraba de salir. Era gigantesco y negro, con brillos, y dos ojos vacíos, dos cuencas de ojos vacíos sin vida. Pensé que iba a morir, recordé todas las historias fanstamagóricas que me habían contado para asustarme y... que sin duda eran ciertas.
                        Retrocedí y caí, no se cuanto tiempo estuve tirado sobre la cubierta, y tan sólo me levanté cuando el monstruo inició un lamento agudo, profundo, interminable, horrible.
                        Desde la cabina, el capitan salió chillando alegremente, y tras unos instantes, se encendieron los focos de popa.

                        Frente a mí estaba uno de los primero U-Boats, ondeando la insignia nazi.

                        Y sobre su castillo, los ojos azules de su capitán, Ottro Skirenger, valiente hijo de puta.

                        Todo se tornó actividad, y los borrachos se despejaron como sólo lo hacen los piratas. Ya habían arriado la chalupa, nuestra monstruosa chalupa de 35 pies. Al timón en ella, mi tío, el capitán, ( la única maldita herencia de mis padres), que hacía alegres aspavientos al submarino.

                        Sobre mi hombro note la mano de Nicola, que me miraba con lo que hoy se que es lascivia, mientras jugaba con la lengua y sus labios, y se apretujaba contra mi capote. Y yo pensaba que buscaba calor.

                        La tripulación del submarino hablaba a gritos que parecían ladridos, ( era la primera vez que oía la lengua alemana), y se movían, frenéticos, pero sin caos. De una escotilla de proa, y halando con un cabrestante que momentos antes hubiera jurado que no estaba, iban subiendo unos tubos enormes y gruesos que trasladaban con exquisito cuidado.

                        No lo sabía, pero estaba viendo los primeros torpedos autopropulsados con variador de profundidad. Mi tío estaba radiante, se le veía dar palmetazos al capitan del submarino, que ponía gesto adusto. La tripulación del DaybyDay, reía a grandes carcajadas.
                        Ibamos a transportar los torpedos para las tropas del general Franco, o eso creían los alemanes. Mi tío, iba a venderlos al mejor postor.

                        Comentario


                        • #72
                          Re: Os propongo un juego

                          Lo siento, os cambio la historia. Lo que se me ocurre es, por un lado tenemos la historia actual, y por otro una historia del pasado, el nexo, el anciano marinero. El fondo, su pasado. Al final podemos hacer que se crucen o no, incluso podemos desdoblarla historia cuantas veces queramos, ya que en cada puerto pueden aparecer nuevos personajes, para la historia nueva o la vieja. Si quereis tesoro, jajajaj, el oro de moscu pagado por los torpedos. Si quereis en plan esoterico-Brown, aparece Himmler, y cambiamos el nombre al capitan del submarino por el de Otto Rhan y.... si quereis... en fin, se hara lo que se pueda y gusteis.
                          Son solo ideas, besitos y cuidaros. ( afeitaros que me pinchais).

                          Comentario


                          • #73
                            Re: Os propongo un juego

                            Buzón con tu relato empieza el tercer capítulo, esta en borrador en el otro post " repostiseria de Siete Mares" , voya a subir en dos sucesivos, el I y el II. Quiero comentarios, criticas, botellazos, sillas volar y ron mucho ron.
                            La vela hay que velarla, y si no, no largarla


                            "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
                            Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




                            Jamboequipoderegatas

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                            • #74
                              Re: Os propongo un juego

                              - CAPÍTULO PRIMERO -

                              Deslizaba los pies con parsimonia por el pantalán, arrastrando tras de sí su viejo petate cargado con las pocas pertenencias que necesitaba, un traje de aguas parcheado, un par de jerséis, ropa interior, una navaja multiusos, un viejo compás de marcaciones y poco más.


                              Todavía faltaban dos horas para amanecer y la niebla cubría el puerto emboscando el eco de la baliza del arrecife sur.

                              Los barcos, perfectamente alineados, dormitaban movidos perezosamente por las aguas, empapados por la humedad.

                              Hacía frío, desde luego no parecía un buen día para enrolarse en un velero del que conocía poco más que su nombre, Siete Mares.

                              Apenas le habían hablado del barco, sólo que se trataba de un velero clásico y de diseño nórdico. Cada vez había más incompetentes trabajando en la agencia de transporte naval, pensó.

                              Cuando imaginaba al Siete Mares, le venían a la memoria los antiguos grabados de su abuelo, también marino, recordando estas ilustraciones de antiguos veleros, y especialmente una, un viejo Clíper dedicado al transporte de mercancías en la costa Este norteamericana, le parecía que, a veces, la realidad era como una sucesión virtual de dibujos imaginarios con algún que otra trazo suelto, fugaz, delicado, turbador, como la esfinge de una mujer, de tantas y tantas mujeres que habían dejado huella en su vida.

                              Las sombras de la noche jugueteaban con los barcos.

                              Tranquilamente, sin despertar sus pensamientos medio dormidos, se encendió un cigarrillo y comenzó a fumar de forma pausada, le gustaba llegar con tiempo y ver amanecer en el puerto.

                              Con la vista fija en el oscuro horizonte esperaba ver asomar las velas del Siete Mares. Debía recalar al final del muelle antes del amanecer, para embarcarlo. Caminaba cadenciosamente por el muelle flotante y no cayó en la cuenta que aquel maldito clavo se había ido soltando del pantalán con el vaivén de las olas.

                              Mediría como poco unos siete centímetros y le devolvió a la realidad penetrando en su pie hasta el mismo hueso, como lo hacían las malas ideas de tanta gente perversa con la que se había topado a lo largo de su vida.

                              El dolor era insoportable y apenas unos instantes habían bastado para teñir el suelo de un rojo intenso. Alcanzó a duras penas su viejo coche, aparcado a la salida del puerto, como pudo lo puso en marcha y se dirigió sin perdida de tiempo al hospital más cercano.

                              - Para un viejo pellejo como tú, esto va a ser poca cosa - le espetó la enfermera mientras intentaba camuflar el tamaño real de la jeringuilla que se proponía administrarle como prevención antitetánica.

                              Él se sonrió ante tan pueril estratagema innecesaria para su viejo cuerpo, verdadera antología de desgarros y malos tajos acumulados en mil peleas de taberna portuaria en busca de los favores de las bellas del lugar, cuando no, recibiendo los muchos sinsabores que depara el destino al que arriesga su vida en un mar embravecido.

                              Con un dolor insoportable, tras el pinchazo de la joven enfermera, regresó caminado torpemente hacia su coche, maldiciéndose por no haber estado pendiente de ese maldito clavo oxidado y esperando que el anestésico local que le habían suministrado hiciera efecto de una puñetera vez.

                              Ya era tarde, había quedado con Manuel, el armador del Siete Mares a las ocho de la mañana pero el incidente lo había retrasado.

                              Eran casi las nueve, debía darse prisa, decidió que el dolor no le fastidiaría su primer día a bordo del Siete Mares y se apresuró para no perder ni un minuto más en enrolarse en su nuevo destino, arrancó su viejo Renault y puso rumbo al puerto, casi derrapando, frenó el coche junto a una vieja caseta de pescadores y llegó, no sin cierta dificultad hasta el pantalán donde debía encontrarse con Manuel y el soñado, Siete Mares.



                              Finalmente lo encontró meciéndose suavemente con la brisa y el oleaje.


                              Tuvo que leer dos veces el letrero que figuraba en la amura de estribor, el Siete Mares era un pequeño bote de pesca de escasos cinco metros de eslora, su esmirriado palo parecía más resignado en mantener su propia y precaria verticalidad que en la posibilidad de envergar nada que pudiera parecerse a una vela. La estampa se remataba con un viejo motor seagull fueraborda, que debía arrancar cuando le viniese en gana.

                              No pudo ocultar fruncir el entrecejo al observar con más detenimiento al Siete Mares, alguien le había jugado una mala pasada.

                              En la agencia le aseguraron que éste era un buen encargo, debía pilotar un viejo velero de rancio abolengo en un viaje, cuyo destino era, para él, todavía una incógnita, pero que le alejaría de tierra varios meses y aunque no arrastraba tras de sí una turbia historia que olvidar, ni dejaba en puerto un amor maldito que le empujara mar adentro, ni tampoco llevaba en su viejo petate ni uno solo de los ingredientes que aderezan cualquier relato de ambiente marinero, necesitaba poner distancia de por medio y una vez más, el mar le parecía el lugar más alejado de todo y de todos.

                              Añoraba esas horas en las que la esclavitud de las guardias o la liberación de ellas le permitían estar solo, pendiente del horizonte, fumando acodado en la regala o con los ojos vacíos de pensamientos era todo lo que le pedía a la vida en ese momento, necesitaba sentirse abrazado por el mar azul, en silencio.

                              Eso y que la maldita herida no le volviera a doler.

                              Le echó una última mirada al bote, con idea de girar sobre sus talones y salir huyendo y pensó que del Siete Mares bien se podía decir que era rancio, pero desde luego no afloraba por ninguna parte su tan cacareado abolengo.


                              Para entonces se había acercado a la proa un tipo rechoncho, debería rondar los sesenta años, su piel cetrina endurecida por el sol no ocultaba una mirada serena y pícara, que contrastaba con una ristra de dientes desalineados y amarillos que sobresalían de su ancha cara, sus ojos grises le miraban divertido, sin duda se había dado cuenta de su sorpresa, se presentó como Manuel mientras le sonreía.

                              De un brinco, propio de un marino avezado, bajó del Siete Mares y se plantó en el pantalán, le tendió la mano y estrechándosela efusivamente le dijo:

                              - Bienvenido por fin Esteban, me alegro de conocerte –

                              Esteban adivinaba en la escrutadora mirada de Manuel su extrañeza por su aspecto y seguro que estaba sopesando la información que de él mismo le habían dado en la Agencia.

                              - Casi treinta años de marino mercante, dé usted nombre del buque y su ruta y seguro que habrá estado antes o después... sólo es feliz embarcado y por el sueldo no se preocupe, no necesita mucho tan solo algo que le ayude a vivir hasta el día siguiente, eso sí que le quede algo para que su ex mujer le deje en paz - esa era la tarjeta de visita que, en la Agencia habían dado de Esteban, en fin todo por embarcar de nuevo, esta vez en un velero.

                              -Sube el petate a la chalupa y te llevo al Siete Mares lo tengo fondeado fuera de la bocana. voy y vengo con este bote, verás, peso demasiado para una de esas cosas ridículas de goma, me parecería andar sentado en un anillo para almorranas... -añadió mientras se abría entero en otra gran risotada al observar la cara de estupor que se le había quedado a un Esteban confuso.

                              El british seagull arrancó inesperadamente a la primera y el bote comenzó a moverse dejando tras de sí una humareda espesa, fruto de la mezcla al doce por ciento que gastaba, Esteban sonreía, si seguían así pronto los demás barcos harían sonar sus bocinas de niebla, pensó, mientras, Manuel entre carcajadas decía, que tanto humo le facilitaba la pesca pues los peces nunca podían imaginar que tras esa densa nube pudiera haber un bote al acecho con sus cañas y volantines.


                              El mar estaba plano como un espejo, pero el bote avanzaba trabajosamente, empujado por aquel desvencijado motor que más que navegar se diría que se arrastraba por una empinada cuesta, hasta que a pocas brazadas de abordar al Siete Mares, varias taquicárdicas explosiones lo pararon definitivamente sin remisión.

                              Alcanzaron el barco con un par de remadas.


                              Le gustó. Le gustó mucho ya cuando lo adivinaba entre la humareda del fuera borda.

                              Embarcaron los remos y protegieron los cascos de ambas embarcaciones con unos brazos raudos que se iban a la maniobra sin pensar, como dos autómatas.

                              - Ya no estoy para estos francobordos tan altos - le espetaba Manuel tras el esfuerzo.

                              Sudoroso, Esteban alzó la vista y observó de nuevo la majestuosa silueta del Siete Mares, dibujándose perfecta contra el nítido azul de la mañana, anticipándose a su intriga por ver gente sobre el puente, Manuel, se apresuró a explicarle.

                              - No, no creas que tengo ya la tripulación completa, ojalá pero no, de momento me arreglo con marineros del varadero que se han ofrecido a trabajar por su cuenta, buena gente, el de arriba en las crucetas es un tal Embat, y revisando el motor está un tal Panxut, a ese hay que dejarle que haga lo que le venga en gana, va a su aire, pero nunca le terminan sobrando piezas, las usa todas, aunque quizás para otra cosa distinta de la original, dicen que es un fuera de serie con las herramientas, aunque también dicen de él que no siempre las ha usado para lo que debería y que más vale no contravenir sus caprichos. – finiquitó la aclaración encogiéndose de hombros.


                              Esteban sonrió y con una ligereza asombrosa trepó por la escala encaramándose a la borda y saltando a la cubierta, momento en el que una aguda punzada le recordó su maltrecho pie, lo que se reflejó en una leve mueca involuntaria, pero curtido como estaba en mil batallas, no le iba a arredrar una pequeña herida, recordó por un instante aquel ataque de un tiburón tigre que había arponeado en Tahití y que aun moribundo casi le arranca su brazo derecho.

                              Ese doloroso recuerdo dejó pasó a una sosegada alegría, ya se encontraba a bordo del Siete Mares, estaba deseoso de revisar su nuevo barco y discutir con el armador el destino de la singladura, todo parecía perfecto, aunque no se quitaba de la cabeza la advertencia que Manuel le había hecho sobre el tal Panxut, le intrigaba y no sabía si debía temerle por ello, un barco podía llegar a ser muy pequeño si surgían desavenencias en alta mar.

                              La cubierta limpia y despejada dejaba ver el lustre de las maderas nobles utilizadas para construir el velero.
                              La vela hay que velarla, y si no, no largarla


                              "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
                              Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




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                              • #75
                                Re: Os propongo un juego

                                CAPITULO II

                                El sol casi estaba en su cenit, mientras la tripulación se apremiaba con las labores de ajuste del velero, Panxut revisaba el motor con paciencia infinita y Embat adujaba los cabos con esmero. Le causó buena impresión la ordenada maniobra, de la embarcación, y así se lo hizo saber a Manuel que sonrió satisfecho, al tiempo que le indicaba con un simple gesto que diera un vistazo al sudoeste, donde unos oscuros y tenebrosos nubarrones se estaban estableciendo.

                                - Parece una tormenta tropical, explicó Manuel, pero debemos controlar que no se convierta en un huracán. Voy a bajar al tambucho a mirar el parte y si viene para acá, zarparemos inmediatamente para poner agua de por medio.

                                - Esta bien, por si acaso, comprobaré el fondeo- dijo Esteban

                                El barco parecía bien arraigado y el mar tranquilo poco más necesitaba, aunque desde luego no era un buen fondeo si se levantaba viento duro, era poco profundo y sin abrigo, pero de momento no necesitaba más atención.


                                Por uno minutos quedó a solas esto le daba la ocasión para escudriñar con más detenimiento el barco, aunque su avezado ojo ya le hablaba vida y milagros de su nuevo pupilo los barcos pasaban a ser casi personas para él, si decidía hacerse cargo de alguno, buen barco, según le había explicado Manuel, un Baltic Trader ketch, construido en Dinamarca para alguna pesquería en principio, tan robusto como para pelearse con los hielos de Islandia en invierno o los calamentos de redes cerca de las rocas aflorantes de los fiordos noruegos persiguiendo bacaladas. Luego seria adecentado, comprado en subasta por un particular y usado de morada flotante en algún canal de Amsterdam.

                                Lo que ignoraba era como había terminado en el Mediterráneo y en manos de Manuel, cocinero de buque de línea, como llegaría a saber mas tarde.

                                Tras esta primera toma de contacto decidió mirar hacia el puerto, quizás para ver lo que iba a dejar atrás tras tomar la decisión más arriesgada en lo que llevaba de año.

                                Su rostro, extraña mezcla de melancolía y cierto aire de seguridad y satisfacción por haberse embarcado en lo que podría ser una aventura sin precedentes, experimentó un brusco cambio seguido de la segregación de sudor frío mientras observaba cómo la grúa se llevaba el viejo coche que dejó mal aparcado por las prisas.

                                La rabia se apoderó momentáneamente de su estado de ánimo y no paró de gritar improperios referidos al conductor y su familia durante tres largos minutos. Con el sentimiento de impotencia, característico de estos casos; cogió el móvil, escaso de batería quiso hacer una última llamada digital a tierra. Es evidente que su ex mujer cuando escuchó esa petición de recoger el coche y pagar la pertinente multa, no prolongó la conversación más de lo necesario, permitiendo que la batería de nuestro protagonista mantuviera un nivel de carga suficiente como para hacer, en el futuro, una llamada más, la cual se convertiría en la más importante de su vida.



                                Manuel salió decidido del tambucho arreó unos fuertes mamporrazos a una campana de bronce.

                                - Preparados para zarpar!- gritó con todo el aliento que tenía.

                                - Todo el mundo a cubierta!

                                Y al momento Panxut, Embat y Comodoro se reunieron con ellos.


                                Esteban disimulaba su cojera aunque a cada paso que daba con el pie malo, notaba como si lo hundiera en el fango, por causa de la sangre empapada en los vendajes.

                                - Tenemos una tormenta tropical que se acerca; viene directa hacia aquí. No creo que se convierta en huracán, pero zarpamos inmediatamente porque dudo que el fondeo aguante unos vientos de Beaufort 8 y más allá. En el mar estaremos mas seguros, bueno, por lo menos Siete Mares estará más seguro.

                                - Pero yo no venía con vosotros, yo solo estaba repasando el motor- argumentó Comodoro.

                                - Por el momento no hay elección, el motor del auxiliar no funciona y a remo dudo que alcanzaras la costa. Además nos harán falta todos los brazos que podamos disponer- concluyó Manuel, sin admitir respuesta.

                                - ... y piernas!- pensó Esteban.

                                - Levad el ancla!

                                - Izad la Mayor con un rizo, zarpamos!

                                Sólo se oyó el sordo ruido de la cadena sobre el barbotén y el de la driza de la mayor bajo las poleas. La pesada ancla quedó a pique casi al momento, pendulando bajo la amura. Un último esfuerzo para estibarla junto al bauprés y todo listo para cortar el agua. Esteban ordenó izar el foque. -Dónde está el enrrollador? Preguntó inocente Panxut.

                                -En mi barco,- repuso el armador- mariconadas las justas!. El tono disgustó a todos, pero poco a poco iban a conocer el verdadero carácter del armador. Esteban ordenó la maniobra con precisión milimétrica, izaron el foque y mayor y tomaron rumbo SW.



                                Mientras la tripulación cumplía sus ordenes a la perfección, Esteban aprovechó para bajar a su cabina y ponerse el traje de aguas, la cabina era más bien estrecha y repleta de enseres inservibles, más parecía un cajón de sastre que el camarote del capitán, mientras se cambiaba de ropa para ponerse más cómodo, se observó en un viejo espejo atornillado a la pared, a sus casi cincuenta años aun se conservaba bien, era espigado y de hombros anchos, su cara alargada rematada con un mentón recto y duro, sus ojos grandes color avellana y una profunda cicatriz que nacía en la ceja izquierda y resbalaba por su mejilla hasta perderse entre una barba de varios días, le daban un aspecto entre descuidado e inquietante, se quedó pensativo por unos segundos recordando el porqué de la cicatriz, el sonido de una baliza retumbó en sus oídos devolviéndole a la realidad se embutió rápidamente en su traje de aguas y subió a cubierta cuando el Siete Mares se deslizaba raudo, al través, el arrecife sur.


                                Tan pronto como rebasaron el atolón, bordaron hacia el oeste. Esteban cogió la imponente rueda de madera de roble y sintió la potencia que le transmitía el barco.

                                El mar estaba formándose con una rapidez inusual y el viento aumentaba mientras las nubes negras se desplazaban a gran velocidad unas millas por delante de la proa descargando grandes y oscuras virgas cerca de la costa, Esteban arribó 30º a babor y mandó ajustar las velas recibiendo el viento por la aleta descargando la jarcia de presión, después de todo, parecía que no iba a ser para tanto.

                                El barco se deslizaba por las aguas azules salpicadas de espuma con gran potencia y estabilidad, apenas acusaba el oleaje y se impulsaba a diez nudos con suma facilidad, esas eran las sensaciones que necesitaba, si no fuera porque sudaba, primero pensó que era a causa de recomponer el rumbo con la rueda para acompasar el barco al paso de la ola, después pensó que era a causa del calor y el bochorno provocado por la humedad en el ambiente, hasta que cayó en la cuenta que sudaba, temía, por causa de la fiebre que le producía la herida que se había hecho en el pie, lamentó no haber seguido los consejos de la linda enfermera, pero como iba a descansar pudiendo embarcar en el Siete Mares.

                                Apenas media hora más tarde lo que parecía una tormenta tropical se quedó en un simple chubasco pasajero y Panxut decidió bajar a la sala de máquinas para continuar con los ajustes del motor.


                                Manuel despareció bajo la cubierta para volver a aparecer al cabo de unos minutos, portaba una gran bandeja y sobre ella un precioso atún, tres caracolas y una Langosta, y sonriendo le indicó que ya que todo estaba más calmado se retiraba a sus verdadero dominios: la gran cocina-bodega de a bordo, donde casi con habilidad musical, limpiaría prepararía el rancho del mediodía con lo que durante la noche habían pescado, junto a la bocana. Pronto el gran caldero bulliría al fuego de una antigua estufa.


                                A Manuel, cocinero de buena formación académica, escuela sindical de hostelería en su juventud, no le había resultado difícil entrar a trabajar para una Compañía de Navegación extranjera y embarcar como cocinero en los buques que le fueran asignando cada sucesiva temporada, Liners, Ferrys, Bulk carriers, Roll-Ons ... bien se podía sentir satisfecho de historia culinaria, al fin y a la postre por sus habilidades entre fogones le había llegado el Siete Mares, sonrío, volcándose en el delicioso suquet que estaba preparando.


                                Esteban dio ordenes de virar de nuevo buscando el puerto, el barco aun necesitaba ciertos retoques y avituallarlo para el viaje, el viento había bajado hasta unos perezosos seis nudos y el mar se calmaba por momentos, cedió la rueda a Embat y se dispuso a bajar a la cocina para intercambiar impresiones con Manuel.

                                Bajando la escala topó de frente con una preciosa muchacha que subía veloz hacía cubierta, se quedó mirándola sorprendido, no tendría más de 20 años, era delgada, pero bien formada, iba descalza, vestía unos pantalones ajustados, por debajo de la rodilla, y una camiseta blanca de tirantes que marcaban su sugerente silueta, se giró nerviosa y pudo verle la cara, unos hermosos ojos azules le observaron curiosos y por unos instantes le pareció ver que le sonreía, hasta que dándole la espalda se fue hasta el bauprés donde se sentó observando el horizonte.

                                Manuel que se había asomado hasta la puerta de la cocina, le sonrió, diciéndole.

                                -Es la grumete del barco, la conocí hace años, estaba sola y abandonada y desde entonces no se ha separado de mí, aunque nació tierra adentro lleva el mar en la sangre, de pequeña le quitaron la fantasía, la sonrisa, aunque te parezca un poco arisca, sólo necesita un poco de cariño y su parte de océano y brisa.

                                A todo el mundo le fantasea con que es hija de un verdadero pirata- sonrió Manuel- se siente feliz a bordo del Siete Mares y sueña con filibusteros, contrabandistas, bucaneros, pero de momento deberá conformarse con este viejo pirata y con el Siete Mares como Manuel.

                                Le gustaría vivir mil aventuras de tesoros, cañones, banderas y hasta sirenas, disfrutar en secreto de aventuras fantásticas, aunque desde luego no se puede quejar, a su edad ya ha navegado desde Ámsterdam, hasta Italia.

                                Sueña con su particular Ítaca, navegando a solas con hombre guapo, apasionado, pero eso sí- rió a carcajadas- que sepa resolver problemas cotidianos sobre mástiles, molinetes, tormentas...., como verás nada de mediocridades, ni ignorantes, vamos un auténtico pirata de los de antes.

                                Disculpa que no te hubiera hablado de ella antes, pero apenas tuve tiempo. Ah! Aprovecho para decirte que no te sorprendas si ves un viejo loro volar por la cubierta, es suyo, lo que le faltaba, parece la herencia de un viejo bucanero.


                                Mientras escuchaba a Manuel, Embat orzó unos grados a estribor.


                                Un par de horas después estaban todos sentados en la Taberna del Puerto, era su primer viaje y debía invitar a unas rondas a la tripulación., entre ron y ron los tripulantes empezaron a contar sus historias, algunas ciertas otras no tanto, el turno le llegó a Embat, se mesó los cabellos en la evocación, confiando que el poco tinte que le quedaba en su rala cabellera aguantase y contribuyese a esa apariencia algo menor, de edad indefinida de hombre curtido.
                                La vela hay que velarla, y si no, no largarla


                                "No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
                                Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




                                Jamboequipoderegatas

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