He entrado en una nave que tengo en mi casa a modo de almacén, donde se apilan y atesoran todas aquellas cosas que ya no utilizas y te da pena desprenderte de ellas, no recuerdo bien que es lo estaba buscando cuando en un rincón me encontré con aquellas viejas cañas de bambú.
Les soplé el polvo y las tomé en mis manos, al momento de sentir su tacto vinieron recuerdos a mi mente. Recordé a mi abuelo, viejo pescador, y el momento en que él, ya viéndose impedido por la edad para poder seguir con su afición, me las regaló.
Me las entregó casi con lágrimas en los ojos, rememorando tantos y tantos ratos que pasó con ellas, respiró profundo y me dijo: “Tómalas, son para ti, yo ya no las usaré, espero que ellas te den los buenos momentos que a mi me dieron, cuídalas…, esta más oscura era de mi padre…”
Volví a dejarlas en su lugar y tomé otra, grande, majestuosa, de dos tramos, con aquellas anillas enormes de alambre torsionado, fijadas con aquellos hilos de colores y protegidas con barniz, el portacarretes de latón, ya con picaduras y oxidado.
Recuerdo aquel mes de enero, cuando siendo aún un niño, me dirigí a aquel campo cercano donde crecía salvaje el bambú, cómo miré sus varas hasta que vi la perfecta, la que yo buscaba, la imaginaba pescando en la rompiente de las rocas, quedaría perfecta, sería la mejor de todas las cañas.
Dos meses de secado y después al campo a enderezarla, con fuego, con agua y trapos. Le pedí al herrero del barrio los dos tubos que necesitaba para hacer el empalme de los dos tramos. Recuerdo el viejo almacén de efectos navales Mariano Larrandia en la calle Mayor, entrar en aquella tienda te transportaba a otros mundos, aquel olor a vieja madera y sal, aquellas, redes, cestos, cañas, chubasqueros, botas, cabos, y aquellas fotos de esos grandísimos atunes que había pescado su dueño te hacían soñar.
Allí elegí el portacarretes, las anillas y los hilos con los que las iba a fijar. Con todo el mimo y la ilusión que da la niñez monté mi caña, ataba y desataba las anillas, las distribuía palmo arriba palmo abajo hasta que quedaron como la había imaginado, le dí su barniz con sumo cuidado y la dejé secar. Ya tenía mi caña!!!
Al día siguiente, con los chichares que había cogido poco antes en el fango de la ría, en la marea baja, debajo del Puente de Hierro y con un buen puñado de quisquillas capturadas allí también y metidas en tela de saco húmeda para que se conservaran vivas, me fui a pescar.
La caña en una mano y en la otra un cubo donde iba el potente carrete Segarra, el cebo, un trapo, y una cajita con los pocos anzuelos y plomos que la escasa economía de un niño se podía permitir.
En las rocas de La Zurriola la estrené, cogí una lubina que a mi me pareció enorme, o por lo menos así la recuerdo, y una buena cantidad de muxarras. Estaba orgulloso con mi caña, con mi caña de bambú, mejor y más bonita que cualquiera de las compradas.
Volví a dejar la caña en su retirado rincón, junto a todas las demás, junto a las cañas de mi abuelo, junto a sus historias y sus momentos…
Escribo esto para rendir un homenaje a aquellas cañas de bambú que de niños tuvieron su parte en hacer que nos aficionáramos a la pesca y nos enseñaron a amar la mar.
Hoy tenemos grandes materiales, muchos y grandes avances técnicos pero nos falta el sabor, o por lo menos a mí me falta aquel sabor….
Por aquellas cañas de bambú!!!

Salu2
Les soplé el polvo y las tomé en mis manos, al momento de sentir su tacto vinieron recuerdos a mi mente. Recordé a mi abuelo, viejo pescador, y el momento en que él, ya viéndose impedido por la edad para poder seguir con su afición, me las regaló.
Me las entregó casi con lágrimas en los ojos, rememorando tantos y tantos ratos que pasó con ellas, respiró profundo y me dijo: “Tómalas, son para ti, yo ya no las usaré, espero que ellas te den los buenos momentos que a mi me dieron, cuídalas…, esta más oscura era de mi padre…”
Volví a dejarlas en su lugar y tomé otra, grande, majestuosa, de dos tramos, con aquellas anillas enormes de alambre torsionado, fijadas con aquellos hilos de colores y protegidas con barniz, el portacarretes de latón, ya con picaduras y oxidado.
Recuerdo aquel mes de enero, cuando siendo aún un niño, me dirigí a aquel campo cercano donde crecía salvaje el bambú, cómo miré sus varas hasta que vi la perfecta, la que yo buscaba, la imaginaba pescando en la rompiente de las rocas, quedaría perfecta, sería la mejor de todas las cañas.
Dos meses de secado y después al campo a enderezarla, con fuego, con agua y trapos. Le pedí al herrero del barrio los dos tubos que necesitaba para hacer el empalme de los dos tramos. Recuerdo el viejo almacén de efectos navales Mariano Larrandia en la calle Mayor, entrar en aquella tienda te transportaba a otros mundos, aquel olor a vieja madera y sal, aquellas, redes, cestos, cañas, chubasqueros, botas, cabos, y aquellas fotos de esos grandísimos atunes que había pescado su dueño te hacían soñar.
Allí elegí el portacarretes, las anillas y los hilos con los que las iba a fijar. Con todo el mimo y la ilusión que da la niñez monté mi caña, ataba y desataba las anillas, las distribuía palmo arriba palmo abajo hasta que quedaron como la había imaginado, le dí su barniz con sumo cuidado y la dejé secar. Ya tenía mi caña!!!
Al día siguiente, con los chichares que había cogido poco antes en el fango de la ría, en la marea baja, debajo del Puente de Hierro y con un buen puñado de quisquillas capturadas allí también y metidas en tela de saco húmeda para que se conservaran vivas, me fui a pescar.
La caña en una mano y en la otra un cubo donde iba el potente carrete Segarra, el cebo, un trapo, y una cajita con los pocos anzuelos y plomos que la escasa economía de un niño se podía permitir.
En las rocas de La Zurriola la estrené, cogí una lubina que a mi me pareció enorme, o por lo menos así la recuerdo, y una buena cantidad de muxarras. Estaba orgulloso con mi caña, con mi caña de bambú, mejor y más bonita que cualquiera de las compradas.
Volví a dejar la caña en su retirado rincón, junto a todas las demás, junto a las cañas de mi abuelo, junto a sus historias y sus momentos…
Escribo esto para rendir un homenaje a aquellas cañas de bambú que de niños tuvieron su parte en hacer que nos aficionáramos a la pesca y nos enseñaron a amar la mar.
Hoy tenemos grandes materiales, muchos y grandes avances técnicos pero nos falta el sabor, o por lo menos a mí me falta aquel sabor….
Por aquellas cañas de bambú!!!

Salu2





......... no eran de mi abuelo......
Eran MIOS... si los compré YO. 



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