Re: Cuento para el invierno
Pasé algunas semanas viviendo en el barco, haciendo algunos cambios en la maniobra de cabos, rehaciendo barnices y sustituyendo filtros, aceites y líquidos en el motor.
Mientras, un equipo de pintores y albañiles, al mando de una decoradora de Alicante, se ocuparon de borrar en lo posible las huellas del pasado de mi casa.
Me di cuenta de lo anticuado que estaba mi sentido de la estética y de los errores que hubiese cometido de no acudir a una especialista. Yo hubiese transformado la casa en otro mausoleo, esta vez dedicado a mí mismo, pero mausoleo al fin. Los dientes de cachalote y la maqueta de L’Ouragan estuvieron a punto de regresar a las cajas del garaje, bajo la mirada horrorizada de la decoradora, pero conseguí salvarlos del destierro y colocarlos en mi cuarto de mapas, un lugar en el que no permití la entrada del minimalismo feroz de aquella mujer que, en cambio, quedó encantada al ver las figuras de ébano y unas pequeñas calabazas grabadas, típicas del Perú, que hizo colocar en un mueble del vestíbulo. Los últimos recuerdos de Julia, excepto el cuadro del garaje y el piano del salón, se marcharon a bordo del camión de la basura una mañana soleada de abril.
Grace vino de vez en cuando a visitarme, para matar fantasmas según decía, pero no mostró ningún interés por ir a navegar. Salíamos a menudo a cenar fuera o a ver alguna película, como siempre, pero se había producido un ligero cambio: no volví a pasar una noche en su casa ni vi a los niños más que esporádicamente y de paso. También ella había reflexionado sobre las implicaciones y la escasez de futuro de nuestra amistad.
Según la tradición francesa, cuando acabaron las obras en casa invité a los amigos, la decoradora, los pintores y los albañiles a “pendre la crémaillère”, que viene a ser una comida de inauguración, que organicé en forma de gran barbacoa en el jardín. Probablemente la fiesta no era el mejor lugar para ello, pero el caso es que le conté a Grace que en un par de días zarparía hacia Baleares para reunirme con mi hijo y que, después, tenía pensado hacer escala en Barcelona por algún tiempo para preparar un crucero de verano por Cerdeña y Sicilia. Asintió varias veces, curvando las comisuras de la boca hacia abajo y en silencio. ¡Qué bien! Dijo por fin. ¡Dale muchos recuerdos a tu hijo!
No sé cuándo se fue de la fiesta. En todo caso, lo hizo sin despedirse.
Pasé algunas semanas viviendo en el barco, haciendo algunos cambios en la maniobra de cabos, rehaciendo barnices y sustituyendo filtros, aceites y líquidos en el motor.
Mientras, un equipo de pintores y albañiles, al mando de una decoradora de Alicante, se ocuparon de borrar en lo posible las huellas del pasado de mi casa.
Me di cuenta de lo anticuado que estaba mi sentido de la estética y de los errores que hubiese cometido de no acudir a una especialista. Yo hubiese transformado la casa en otro mausoleo, esta vez dedicado a mí mismo, pero mausoleo al fin. Los dientes de cachalote y la maqueta de L’Ouragan estuvieron a punto de regresar a las cajas del garaje, bajo la mirada horrorizada de la decoradora, pero conseguí salvarlos del destierro y colocarlos en mi cuarto de mapas, un lugar en el que no permití la entrada del minimalismo feroz de aquella mujer que, en cambio, quedó encantada al ver las figuras de ébano y unas pequeñas calabazas grabadas, típicas del Perú, que hizo colocar en un mueble del vestíbulo. Los últimos recuerdos de Julia, excepto el cuadro del garaje y el piano del salón, se marcharon a bordo del camión de la basura una mañana soleada de abril.
Grace vino de vez en cuando a visitarme, para matar fantasmas según decía, pero no mostró ningún interés por ir a navegar. Salíamos a menudo a cenar fuera o a ver alguna película, como siempre, pero se había producido un ligero cambio: no volví a pasar una noche en su casa ni vi a los niños más que esporádicamente y de paso. También ella había reflexionado sobre las implicaciones y la escasez de futuro de nuestra amistad.
Según la tradición francesa, cuando acabaron las obras en casa invité a los amigos, la decoradora, los pintores y los albañiles a “pendre la crémaillère”, que viene a ser una comida de inauguración, que organicé en forma de gran barbacoa en el jardín. Probablemente la fiesta no era el mejor lugar para ello, pero el caso es que le conté a Grace que en un par de días zarparía hacia Baleares para reunirme con mi hijo y que, después, tenía pensado hacer escala en Barcelona por algún tiempo para preparar un crucero de verano por Cerdeña y Sicilia. Asintió varias veces, curvando las comisuras de la boca hacia abajo y en silencio. ¡Qué bien! Dijo por fin. ¡Dale muchos recuerdos a tu hijo!
No sé cuándo se fue de la fiesta. En todo caso, lo hizo sin despedirse.




La única Ley verdadera es aquella que conduce a la libertad. R.Bach (Juan Salvador Gaviota) 



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