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"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." — Altair

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NORMAS DEL FORO: OBLIGATORIA SU LECTURA

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Estas normas pueden ser modificadas sin previo aviso, por lo que se recomienda consultarlas regularmente...



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HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

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  • #16
    Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

    Originalmente publicado por Camba Ver Mensaje
    Te mereces el Planeta y más. Excelente narración

    Pues estoy gratamente sorprendido, he pensado que aburriría a las arañas con semejante tocho. Simplemente me he metido en la máquina del tiempo, he retrocedido casi cincuenta años y he dejado fluir los recuerdos de esa época a través del teclado. Sienta bien, es como volver a revivirlo un poco.

    Comentario


    • #17
      Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

      Originalmente publicado por Andromeda Ver Mensaje
      Pues estoy gratamente sorprendido, he pensado que aburriría a las arañas con semejante tocho. Simplemente me he metido en la máquina del tiempo, he retrocedido casi cincuenta años y he dejado fluir los recuerdos de esa época a través del teclado. Sienta bien, es como volver a revivirlo un poco.
      Hola
      Sin duda, a mucha gente les parecería un tocho aburrido, pues hay gente para todo
      A nosotros, bien has visto, nos apasiona, y se lee con mucho agrado pues está muy bien escrito
      Gracias
      Sailing is better than waiting for a perfect day to ship. _/)




      https://youtu.be/hJlojXdQVDQ

      Comentario


      • #18
        HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

        Un relato increíble! Se lee sólo!
        Muchas gracias por compartirlo

        Enviado desde mi M2003J15SC mediante Tapatalk
        Salud y buenos vientos!!
        Mi ig: @clara_m.a

        Comentario


        • #19
          Respuesta: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

          Gracias a Egis por abrir este hilo y a todos los que habéis aportado historias a él. Han servido para que disfrutara un montón, saboreando, al leer a Andrómeda. Y me maldigo por haberme perdido el hilo de Txelfi y, por ello, no poderle preguntar todos los detalles que su lectura, este fin de semana, me ha suscitado.

          Muchas gracias otra vez.

          "A superior seaman uses his superior judgment to keep out from situations requiring his superior skills"

          Comentario


          • #20
            Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

            Bueno pues siguiendo el espíritu del interesante hilo que el estimado cofrade Egis ha abierto y como quiera que se ha quedado un poco en stand-by, vamos a ver si lo actualizamos.

            Se trata de intentar reproducir aquí algunas anécdotas de mi etapa de navegante (unos pocos años pero muy intensos,) algunas divertidas y graciosas, otras no tanto. Teniendo en cuenta que ya ha llovido mucho desde esa época, intentaré detallar lo que mi memoria me permita con la esperanza de que os resulte amena su lectura.

            Vaya por delante que hago aquí una introducción muy superficial y genérica sobre la modalidad de pesca de atún que se practicaba por esa época y por esas latitudes, siempre bajo mi punto de vista profano sobre esta actividad pesquera a la que me dediqué muy pocos años en mi juventud.
            Quizás no sea la persona más indicada (tampoco es mi pretensión) puesto que solo lo viví unos cinco años con la interrupción de año y medio de servicio militar obligatorio de por medio, por tanto confío en que sabréis disculparme obviedades, errores o inexactitudes que posiblemente podréis detectar. Dicho lo cual, vamos ya con el relato.

            En la década de los setenta y durante unos pocos años, los atuneros congeladores españoles que se dedicaban a la pesca de túnidos tropicales con redes de cerco en el ecuador de la costa occidental africana, disponían casi todos de uno o dos buques auxiliares de menor tamaño, similares a los boniteros del cantábrico, a los que se les denominaba “maciceros”.
            Estos buques, en torno a 30 metros de eslora y 7 de manga mas o menos y con una tripulación compuesta por 8 o 10 hombres, trabajaban asociados con el atunero vamos a llamarle “nodriza” al cual estaban asignados, prestando el apoyo necesario así como aprovisionamiento de víveres, repuestos e intercambio de personal.
            Estos maciceros disponían de varios tanques de agua normalmente distribuidos 3 en proa y 3 en popa a modo de viveros con recirculación constante de agua del mar donde mantenían el cebo (pequeños peces) vivo. La finalidad principal de estos barcos era utilizar el cebo vivo para juntar y retener el cardumen de atún debajo del barco mientras se lanzaba de forma constante y a puñados estos peces al agua, y facilitar así su captura por el atunero nodriza mediante el cercado del mismo con su red de unos 2000 de longitud mas o menos. A veces esta opción no siempre era posible ya que los atunes, persiguiendo grandes manchas de pequeños peces, en ocasiones nadaban veloces para atrapar su alimento que huía de ellos a toda pastilla y para su captura había que emplear otras técnicas que no voy a relatar aquí por no extenderme demasiado. Unos procurándose su comida y otros huyendo de sus depredadores. Puro instinto de supervivencia.

            En esa época y durante unos meses, yo formaba parte de la tripulación de uno de esos maciceros. Txoritxu se llamaba, y el relato que os voy a narrar ocurrió durante una jornada rutinaria, con buen tiempo y mar en calma.
            Ya he comentado la gran importancia del hallazgo de objetos flotando a la deriva por la posibilidad de albergar debajo o en sus inmediaciones importantes bancos de atún. Bueno pues el hecho es que nos encontramos con uno que, si bien se detectaba en la sonda cierta cantidad de pescado, la cosa no era como para tirar cohetes. Con estos objetos a la deriva a veces ocurría un curioso fenómeno. Por ejemplo, una amalgama flotante de maromas o estachas que no tenía casi nada de interés debajo excepto algas y diminutos peces y crustáceos al abrigo de su sombra y protección, en unas horas o en unos pocos días podía concentrar 50, 100 o incluso mas toneladas de atún de aleta amarilla. Bichos de entre 30 y 80 kg de peso que se concentraban en una bola inmensa que hacía saltar todas las alarmas en la sonda que los detectaba aunque en este caso concreto, desafortunadamente no era así.
            En esa época y debido a la abundancia de esta especie y la permisividad de los países ribereños, faenaban por esas aguas una numerosa flota de buques tanto españoles como extranjeros dedicados a esta modalidad de pesca, y la competencia a veces era brutal y no todas las capturas se hacían debajo de los objetos flotentes ni mucho menos. La mayoría se concentraban en bancos que navegaban libres. Era todo un espectáculo observar como se abalanzaban frenéticos sobre sus presas cuando estaban en superficie y al rato cesaba toda actividad desapareciendo en las profundidades y volviendo a reaparecer minutos mas tarde a unos centenares de metros con el mismo frenesí depredador. Si en ese momento había varios barcos cerca unos de otros porque, de una forma u otra sabían o intuían que por la zona había abundante pesca, los que se ponían frenéticos e histéricos eran los capitanes que, dispuestos a hacerse con la captura antes que el otro, realizaban maniobras bastante arriesgadas. La verdad es que eran todos excelentes profesionales y con enorme experiencia y no hay duda que sabían lo que hacían, ¿? de echo no tengo constancia de ningún accidente de importancia, pero ver como un barco de unos 80 o 90 metros de eslora, calzado con un motor de 5000 o 6000 cv capaz de alcanzar 18 nudos, lanzado a toda máquina le corta la proa a otro que también iba a saco para posicionarse mejor con la intención de soltar antes la red todo esto a escasos metros uno de otro, de verdad es que era alucinante y todo un espectáculo si no te tocaba a ti en primera persona, claro. Lo divertido es que luego vendrían a grito pelado de barco a barco o por la emisora los “saludos cariñosos, felicitaciones y parabienes” entre los histéricos patrones (Obviamente estoy utilizando el sarcasmo) aunque, como se dice ahora en el futbol: Lo que ocurre en el campo se queda en el campo. Bueno, me estoy enrollando y desviando del asunto así que vamos al lio.

            Antes habíamos dicho que el objeto flotante que habíamos hallado era de escaso interés porque había poca cosa pero el patrón, siguiendo instrucciones del barco nodriza que se encontraba bastante alejado, ordenó que un tripulante a bordo de un bote se quedase unas horas amarrado al objeto, entretanto el barco seguía navegando en circulo a la búsqueda de otros bancos de pescado.
            Tirando un poco de chascarrillo, en lugar de barcos pesqueros, si de felinos se tratase, le habríamos echado una meada para marcar territorio. Pues utilizando el simil y por si por casualidad aparecía otro barco con la intención de apropiarse del objeto, el bote amarrado haría las veces de meada ante la posibilidad de la presencia, visita e intenciones del intruso. (aunque siempre he tenido la duda de que si hubiese llegado otro buque, no se que podría haber hecho yo para evitar que se lo apropiara, excepto informar que ya tenía dueño) Y ahora viene a colación el curioso fenómeno comentado antes.
            Bien, así pues y sin pensarlo dos veces, ni tan siquiera una…... ¡Hala!, el menda lerenda se ofreció voluntario. Una supina estupidez producto de la inmadurez, afán de aventura, impetuosidad juvenil, que se yo. Lo cierto es que alguien tenía que quedarse y yo facilité las cosas con mi decisión. Salté al bote y ni tan siquiera me acordé de coger una mísera botella de agua, sólo un walki talki vhf del tamaño de un ladrillo que a los 15 minutos dejó de funcionar. Falta de cobertura, batería defectuosa, a saber. El caso es que se quedó muy pronto mudo y sordo. El mar era un espejo y el sol apretaba. A medida que el barco se alejaba y el ruido del motor poco a poco se iba apagando, me iba dando cuenta que entraba en otra dimensión desconocida hasta ese momento para mi. !Esto ya no es tan divertido, estos cabritos pretenden dejarme tirado aquí mas solo que la una¡
            Durante unas horas veía la silueta del barco navegando a lo lejos en el horizonte y eso me tranquilizaba pero luego lo perdí de vista y ya me invadió una sensación de absoluta soledad y un silencio que solo era roto por el suave chapoteo del bote en la encalmada superficie. Era ese silencio total y absoluto el que en lugar de relajarme, me inquietaba. En mi vida había tenido esa sensación.
            El calor del trópico me hacía sudar copiosamente. Me entró sed, hambre, sueño y no se cuantas cosas más, por momentos me vi bastante angustiado. Quería darme un baño pero……...por mi cabeza pasaron muchas sensaciones extrañas. Miedo también, por supuesto que si. Recorrer con la vista 360º y no ver nada solo agua y cielo me hizo sentir insignificante y totalmente desprotegido. La cabeza no paraba de dar vueltas hasta sacar humo por las orejas y ya te estabas imaginando a un gran depredador del averno acechándote por tu espalda o un gigantesco mastodonte de hierro levantando una montaña de espuma por la proa navegando a toda velocidad directamente hacia ti. La sensación más angustiosa y atroz es que hubo un momento que llegué a estar convencido que me habían perdido.

            ¡Un par de horas y te recogemos! me habían dicho. Bueno pues, estuve montando guardia amarrado al puñetero palé todo el santo día hasta que al anochecer, con las luces de navegación ya encendidas pasaron a recogerme.
            Recuerdo al patrón, buena gente. Viejo y experto lobo de mar curtido en mil batallas y amante de las bromas, chistes y chascarrillos que, después de reembarcar y viendo mi cara de perro, me pasó un brazo por el hombro y esbozando una cínica sonrisa, ojillos de pícaro y con cierto recochineo me dijo: Chaval ( yo entonces tenía 19 años), hoy te has echo un hombre, hablaré con el armador para que te asignen una buena gratificación. Tenía mil reproches pero me dejó desconcertado y no muy convencido me callé sin saber que decir. A final de campaña, y para mi sorpresa me pagaron a mayores de la liquidación 25.000 pesetas de la época. Y ahora os preguntaréis ¿valió la pena? Pues no, fracaso total. Tras dos o tres días controlando el dichoso palé no se concentró mas pescado, por lo que finalmente abandonamos la zona.

            Concluyendo. El relato en si no deja de ser una simple anécdota sin mas historia o interés que no sea la de transmitir las sensaciones y experiencia vividas por un impulsivo joven que permaneció solo en un bote todo el día en medio del océano luchando contra sus propios fantasmas.

            Un saludo y que tengáis un buen dia

            Comentario


            • #21
              Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

              Originalmente publicado por Egis Ver Mensaje
              Brillante relato.
              Ha nacido un escritor.
              Gracias a Egis por traer a esta ilustre Taberna tan interesante tema, no apto para discusiones , de momento jeje, y a Andromeda por subirse al atril y deleitarnos con tan ligera pluma.

              A la espera …..

              Comentario


              • #22
                Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

                Que entretenidas historias...y que bien contadas... has puesto el listón altito altito
                MMSI 224433790

                Comentario


                • #23
                  Re: HISTORIAS Marineras (contadas por gente común)

                  Una ronda de ron caribeño para todos! Este es un relato que escribí hace unos años, más para que no pase inexorablemente al olvido que por otra razón. Las fotografías son actuales de la época. Espero que sea de interés.


                  LA CANCIÓN EN EL AGUA

                  La gente no me cree cuando cuento esta historia. Es por eso que no la cuento. No a los amigos en el bar, o con el café de sobremesa. No a extraños ni miembros de mi familia. Nadie conoce esta historia, aparte de aquellos que estaban conmigo en aquel momento, los pocos que fueron testigo como yo de los hechos. Nadie, hasta ahora.

                  No es un secreto. Simplemente no quiero ser acusado de mentiroso, o de tejedor de fábulas, simplemente para divertir a la concurrencia. Pero lo que voy a contar ocurrió de todas formas.

                  Ocurrió en el mar, a pocas millas al este de la isla de Fernando de Noronha. Lo cual es lo que mismo que decir que ocurrió a unas millas al este del medio de la nada, pues allí es donde se encuentra la isla, en el medio del Atlántico sur.

                  Fernando de Noronha es un grupo de islotes someros, en la latitud del estado de Pernambuco, en el noreste brasileño. Son en realidad afloramientos coralinos rodeando una isla principal, pero sin llegar a formar un atolón. La isla principal es el pico de una gigantesca montaña submarina que se eleva desde los fondos abisales del océano mil metros por debajo, y apenas rompe la superficie.

                  Hoy Fernando de Noronha es un exclusivo lugar de vacaciones y una reserva natural, pero en el tiempo de esta historia a principio de los años 80 del siglo pasado, no había en las islas absolutamente nada excepto una pequeña base de la armada brasileña, un faro, y las ruinas de una prisión.

                  A principios del siglo XX el gobierno brasileño construyó allí una prisión donde, siguiendo el ejemplo de los franceses en la Isla del Diablo en Guyana, enviaba a cumplir sentencia (en su mayoría, sentencias de por vida) a los condenados más peligrosos. Era una sentencia de muerte por otros medios y con otro nombre; los presos eran enviados a Fernando de Noronha a morir.

                  La prisión ya no existe, por supuesto, pero historias de los sucesos ocurridos allí y de las vidas de los prisioneros en la islas aún persisten en el imaginario popular y en el folklore de Natal en Brasil. Muchas historias, algunas aterradoras, todas trágicas, de soledad, privaciones, amor, desesperación, y locura aún viven por boca de abuelos y viejos pescadores.

                  Bien, como introducción ya basta. Era el 21 de noviembre de 1980, y yo era un estudiante de oceanografía a bordo del buque de investigación oceanográfica Almirante Saldanha de la armada brasileña. El Saldanha había sido un bergantín de cuatro palos, con casco de hierro, construido en Inglaterra en 1933, para servir de buque escuela en la armada de Brasil. Un navío hermoso, absolutamente una Gran Dama de los mares. A mediados de los años 60 dejó de ser un barco escuela y vehículo de diplomacia, y la armada brasileña recomisionó el navío como un buque de investigación.

                  Esto quiere decir que quitaron la arboladura a la pobre Gran Dama, reemplazaron su antigua máquina de vapor por un diésel de locomotora, y le construyeron una sobrecubierta para alojar todos los laboratorios científicos.
                  Todo esto significa también que el Saldanha era el buque más incómodo que haya surcado nunca los mares. Sin sus mástiles que le dieran estabilidad, el Saldanha cabeceaba, rodaba y guiñaba como un corcho en la brisa más leve. Con un casco simple de hierro sin aislamiento, era ruidoso, húmedo, e insoportablemente caluroso en los trópicos.

                  Agréguesele una dotación de 80 tripulantes con una dieta a base de arroz y “feijoes” (frijoles negros) y aquellos calores pegajosos, y el barco apestaba a humanidad bajo cubierta. No lo que yo llamaría un crucero placentero.

                  Para mí, sin embargo, todo aquello carecía en absoluto de importancia. Como parte de un convenio de cooperación entre las respectivas armadas de Uruguay y Brasil, yo había sido seleccionado, junto con otros cinco compañeros de universidad, para participar en una campaña de investigación oceanográfica de dos meses de duración. Era una fantástica oportunidad para nosotros desde el punto de vista profesional, y se presentaba a mis ojos como la aventura de una vida. ¡Dos meses navegando por el Atlántico y jugando a ser Jacques Cousteau!

                  En realidad, nosotros los estudiantes estábamos allí para realizar todo el trabajo pesado y aburrido de laboratorio, bajo la dirección de dos investigadores profesionales. No teníamos acceso al puente de mando, y ciertamente NO al comedor de oficiales. Estábamos allí para hacer guardias, operar los guinches, mantener el equipo, y procesar muestras de agua y de plancton durante desesperantemente aburridas e interminables horas filtrando miles de litros de agua en el laboratorio.

                  El Saldanha navegaba un curso recíproco desde la costa de Brasil hasta, más o menos, el medio del Atlántico, y desde el río de la Plata hasta Natal en Brasil, deteniéndose cada 40 millas para extraer muestras de agua desde una profundidad máxima de 200 metros. Dia y noche, con buen y mal tiempo, el buque se detenía en mitad del océano cada cuatro horas, y nosotros echábamos al agua 200 metros de cable de acero con botellas Nansen fijadas al cable cada 20 metros para obtener las muestras.

                  Una vez recuperadas las muestras del mar, nuestro trabajo era vaciar las botellas, filtrar el agua, y hacer los análisis químicos y biológicos correspondientes. En total, el crucero incluía más de cien estaciones de muestreo.

                  Esto trae el relato de regreso a Fernando de Noronha. La isla representaba el fin de nuestra participación en el crucero. La última estación de muestreo se encontraba a unas 15 millas de la isla principal. Una vez completado el trabajo de laboratorio ese día, el Saldanha debía navegar hasta Natal donde desembarcaríamos los estudiantes uruguayos para volver a Montevideo. El Saldanha sería entonces reaprovisionado, y un nuevo grupo de estudiantes embarcaría para la segunda etapa de la campaña que los llevaría hacia el norte hasta la desembocadura del río Amazonas.

                  Habiendo ya procesado las últimas muestras, escrito los últimos informes y empacado los últimos trebejos en nuestros bolsos, el capitán comunicó a la tripulación que nos quedaríamos allí un día más. Parece que el Saldanha debía también relevar algunos miembros del personal de la base de la armada en la isla, y por razones que he olvidado por completo, no pudieron embarcar de forma inmediata.

                  La isla no tenía (ni tiene) un puerto, y el área circundante es demasiado somera para permitir la entrada de un buque de la envergadura del Saldanha, con multitud de promontorios coralinos extendiéndose en todas direcciones. Por esta razón, el capitán decidió fondear un poco más alejado a sotavento de la isla, en unos 20 metros de agua. El tiempo estaba bueno, con alisios ligeros del este, lo que nos daría una noche tranquila de descanso a todos.
                  Esa noche, bajo una luna llena hermosa, fuimos invitados por primera y única vez, a cenar con los oficiales, con vino y cerveza para celebrar el final de una campaña exitosa. Consumidas las viandas y hechos todos los brindis, los estudiantes nos retiramos a nuestras literas.

                  Como concesión a la comodidad del personal científico civil, nuestra cabina tenía una hilera superior de literas cardánicas (equivalente a una hamaca hecha de metal), y una inferior de literas fijas al casco. Yo nunca usé las literas cardánicas. Las encontraba incómodas, y el constante chirrido del cardán sin aceitar era más enfadoso e inconducente a un buen descanso, que el movimiento del barco al que ya estábamos habituados de todas formas. Elegí por lo tanto echarme a descansar en una de las literas fijas, al otro de la cabina, y dormir con la oreja a dos pulgadas de distancia del casco de hierro.

                  En algún momento durante la noche desperté confuso y algo desorientado, sin saber qué había interrumpido mi sueño. Aparte de algún ronquido apagado, había absoluto silencio en la cabina. En la calurosa y sofocada oscuridad, todo parecía normal. Y sin embargo, no todo lo era. Concentrándome, podía oír un sonido inusual, viniendo de alguna parte. No era el rumor de una conversación lejana entre personas, o los gemidos y gruñidos normales de una embarcación con casco de metal, o el ronroneo de maquinaria eléctrica, tampoco el frufrú apagado de las olas golpeando contra el casco. No, este sonido tenía cadencia, como de música. Era una melodía, aunque no una melodía como yo había escuchado nunca antes.

                  No podía creer que hubiera a bordo un despistado cantando en mitad de la noche. ¡Esas cosas simplemente no ocurren en un buque militar! Y aún así, allí estaba ese sonido, claramente distinguible, aunque muy tenue, yendo y viniendo. Fue entonces que caí en la cuenta de que el sonido venía del casco de hierro, a sólo unos centímetros de mi cabeza. ¡En otras palabras, el sonido provenía del agua! Apreté la cabeza contra el hierro y escuché música: una canción, clara e hipnótica, cantada por voces vivas.

                  Completamente despierto ahora y con mucha curiosidad subí en silencio a cubierta, encontrándola desierta. La luna llena brillaba, la brisa era ligera y tíbia, y nada se movía en derredor. Bajé a la cabina y echado una vez más en mi litera apreté la oreja contra el hierro del casco. Las voces volvían a estar allí, muy, muy lejanas, ¡cantando aquella extraña melodía!

                  No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil en aquella posición, con la oreja sobre el hierro húmedo, escuchando. Probablemente sólo fueron algunos minutos, pero parecieron horas. Creo que me quedé dormido escuchando aquella melodía extraña, aquellas voces claras y tenues que no parecían humanas.

                  Al despertar el día siguiente pensé que todo había sido un sueño, una pesadilla descabellada producto del calor y la falta de aire en la cabina. Pregunté a mis compañeros si alguien había escuchado ruidos extraños, música, durante la noche. Indagué también entre la tripulación. Todos me miraron con ojos vacíos sin comprender de qué estaba hablando.
                  Uno de mis compañeros sugirió que lo que había escudado eran ballenas. O delfines. No, pensé. Conozco el sonido de la canción de las ballenas, y el cuchicheo de alta frecuencia de los delfines.

                  En fin…. ¡Quizá haya sido sólo un sueño después de todo!

                  Muchos, muchos años más tarde, iba de viaje desde Uruguay a Sudáfrica, cuando quedé varado en Natal. Mi vuelo de conexión a Johannesburgo había sido cancelado, y tenía que esperar en Natal por 24 horas al siguiente vuelo. Un día vacío en Natal, en la humedad y el calor del trópico, ¡sin nada qué hacer! La aerolínea me había reservado una habitación en un hotelucho sin aire acondicionado sobre la playa, cerca del puerto. La única habitación disponible en toda la ciudad, me aseguraron.

                  Al día siguiente, luego de haber dormido muy poco y con dos tazas de café por desayuno, salí a caminar por la playa. Ahora bien, el paseo marítimo de la ciudad Natal, y las playas de moda, están situadas al norte del puerto comercial, donde se concentran todos los grandes hoteles y complejos residenciales para los turistas. Yo estaba en la menos reputable y mucho menos turística playa al sur del puerto comercial. Era no más de un camino vecinal con casas muy modestas a la derecha, y una ancha playa de blancura deslumbrante a la izquierda, llena de pequeñas barcas de madera varadas, cientos de metros de redes de pesca colgadas sobre pilones secándose al sol, y el olor a algas, pescado, y diésel en el aire.

                  ¡Bueno, una cerveza fría es tan apetecible y refrescante aquí como allí! Con esa imagen en la mente, entré en una taberna de pescadores que apareció entre dos casas, que podía haber sido construida con la madera que deja la resaca en la playa, techada con hoja de palma, y pintada con todos los colores del arcoíris, a sentarme en la barra y pedir una “Brahma” (una marca de cerveza brasileña).

                  El sitio brindaba una sombra agradecida, y a excepción de un par de marineros viejos sentados al otro extremo de la barra (evidentemente pescadores locales) bebiendo cachaça, estaba vacío. Aunque hablo portugués razonablemente bien, en cuanto abrí la boca para pedir la cerveza, todos en el recinto sabían que yo era un extranjero. Bicho raro en ese barrio de Natal.
                  Pero los brasileños son, en general, gente curiosa y gregaria. En el espacio de unos minutos ya tenía a uno de los viejos lobos de mar sentado junto a mí, interrogándome que de dónde venía, que qué estaba haciendo allí, y si era mi primera visita a Natal. Así comenzó la conversación.

                  Después de un par de cervezas para cada uno, mencioné al pescador (cuyo nombre supe alguna vez pero lamentablemente no recuerdo) que no, en realidad, no era mi primera visita a Natal, y que había estado allí mucho años antes, cuando era estudiante, en un crucero de investigación a bordo del Almirante Saldanha.

                  Y entonces relaté al pescador la historia que acabo de relatar aquí.

                  Durante el relato, el hombre me miraba con creciente incredulidad. Entonces, entornó los ojos y con una expresión indescriptible en la cara exclamó:
                  -¡¿Você também ouviu?! (¿tú las escuchaste también?)
                  -¿Cómo que escuché también? ¿A quién se refiere? respondí.
                  -¡Ouviu elas, as sereias! (¡escuchaste a las sirenas!)

                  Fue entonces mi turno de poner cara de sorpresa. No sabía si el viejo hablaba en serio o le estaba gastando una broma a este pobre y tonto turista extranjero.

                  El viejo se inclinó entonces, y casi en un susurro dijo: “Ellas cantaban para ti. ¡Es peligroso escucharlas! Vienen a buscar a quienes las escuchan. Muchos hombres en la antigua prisión de Fernando de Noronha perdieron la razón escuchando sus voces, y a esos hombres… ¡nunca más se los vio entre los vivos!
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