Re: Permitidme una confesión.
Por fortuna para mí, la costa de Levante de Cerdeña permanecía inmutable e indescriptible. Fondeé unas horas tras las formas imposibles de la Isla Ogliastra, poblada por miles de pájaros marinos y rodeada de aguas tan claras que da vértigo mirar por encima de la regala. Amarré un par de días en Santa Maria Navarrese, donde, encantado por la fuerza de los paisajes, estuve a punto de quedarme para siempre (había una casita en venta que aún se me aparece en sueños). Deambulé por las calas que, por docenas, se abren al mar en cada pliegue de las montañas y deslizan bajo el agua una arena tan blanca que cuesta saber dónde acaba Cerdeña y dónde comienza el Tirreno.
Hablé con los nativos y con los turistas; cociné mucho y variado; dormí como una marmota y conseguí no pensar en lo viejo que el destino me hacía sentir ni en las consecuencias que podría acarrear una decisión errónea. Estaba de vacaciones. Fuerte, moreno y sano. Lleno de ‘joie de vivre’ y, por lo tanto, sin edad contrastable.
Y entonces me llegó un mensaje de mi hijo.
Salut,
Hay casualidades increíbles! Tengo que hablar personalmente de ciertos temas con mi cliente y anfitrión en Pantelleria, y resulta que en estos momentos está navegando en su barco hacia Porto Cervo, donde espera llegar en dos días. Como tú estás por la zona, me libro del dolor de cabeza de tener que buscar hotel en esta época y, muy importante, tengo buena excusa para no quedarme a bordo de su barco todo el día. Confírmame dónde puedes recogerme pasado mañana y cómo prefieres pasar el par de días que necesito para la entrevista. Olbia y fondeo? Marinella? Porto Rotondo? Ya sé que en Porto Cervo no te encuentras a gusto y que, además, es imposible encontrar un amarre en esta época.
Ayer comí con Claire aquí, en Londres, y me dijo que os habéis pasado algunos e-mails. La vi muy triste. Oye, vete con cuidado. Creo que se ha enamorado de ti!
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¡No pensar! Sobre todo, ¡no pensar! Me centré en la compra de provisiones y en la planificación de la ruta. Lo mejor, recoger a mi hijo el muelle que hay junto al museo arqueológico, en Olbia. De allí, dependiendo del viento, a Marinella o directamente a la Cala di Volpe, donde podría producirse el encuentro con los clientes. ¿Cómo ando de gasoil? ¿Y de agua? Baldearé en Olbia. ¿Y dónde encuentro ahora una lavandería?
Pero, como dice el tango, el que huye tarde o temprano detiene su andar. Me volvieron a asaltar las dudas y las penas, que se apoderaron otra vez de mi estómago. ¡Claire estaba triste!. Sería tan fácil salir corriendo a abrazarla. Y llenarla de besos. Y acunarla en mis brazos. Y hacerle el amor desplegando todas las astucias que alguna vez aprendí de sabias mujeres. Y disfrutar de su risa clara y de su mirada limpia. Y beber gotas de licor depositadas en su ombligo, elíptico como un diminuto sexo. Y volver a ver el Lunar de Santa Clara. Sería tan fácil…
Por fortuna para mí, la costa de Levante de Cerdeña permanecía inmutable e indescriptible. Fondeé unas horas tras las formas imposibles de la Isla Ogliastra, poblada por miles de pájaros marinos y rodeada de aguas tan claras que da vértigo mirar por encima de la regala. Amarré un par de días en Santa Maria Navarrese, donde, encantado por la fuerza de los paisajes, estuve a punto de quedarme para siempre (había una casita en venta que aún se me aparece en sueños). Deambulé por las calas que, por docenas, se abren al mar en cada pliegue de las montañas y deslizan bajo el agua una arena tan blanca que cuesta saber dónde acaba Cerdeña y dónde comienza el Tirreno.
Hablé con los nativos y con los turistas; cociné mucho y variado; dormí como una marmota y conseguí no pensar en lo viejo que el destino me hacía sentir ni en las consecuencias que podría acarrear una decisión errónea. Estaba de vacaciones. Fuerte, moreno y sano. Lleno de ‘joie de vivre’ y, por lo tanto, sin edad contrastable.
Y entonces me llegó un mensaje de mi hijo.
Salut,
Hay casualidades increíbles! Tengo que hablar personalmente de ciertos temas con mi cliente y anfitrión en Pantelleria, y resulta que en estos momentos está navegando en su barco hacia Porto Cervo, donde espera llegar en dos días. Como tú estás por la zona, me libro del dolor de cabeza de tener que buscar hotel en esta época y, muy importante, tengo buena excusa para no quedarme a bordo de su barco todo el día. Confírmame dónde puedes recogerme pasado mañana y cómo prefieres pasar el par de días que necesito para la entrevista. Olbia y fondeo? Marinella? Porto Rotondo? Ya sé que en Porto Cervo no te encuentras a gusto y que, además, es imposible encontrar un amarre en esta época.
Ayer comí con Claire aquí, en Londres, y me dijo que os habéis pasado algunos e-mails. La vi muy triste. Oye, vete con cuidado. Creo que se ha enamorado de ti!
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¡No pensar! Sobre todo, ¡no pensar! Me centré en la compra de provisiones y en la planificación de la ruta. Lo mejor, recoger a mi hijo el muelle que hay junto al museo arqueológico, en Olbia. De allí, dependiendo del viento, a Marinella o directamente a la Cala di Volpe, donde podría producirse el encuentro con los clientes. ¿Cómo ando de gasoil? ¿Y de agua? Baldearé en Olbia. ¿Y dónde encuentro ahora una lavandería?
Pero, como dice el tango, el que huye tarde o temprano detiene su andar. Me volvieron a asaltar las dudas y las penas, que se apoderaron otra vez de mi estómago. ¡Claire estaba triste!. Sería tan fácil salir corriendo a abrazarla. Y llenarla de besos. Y acunarla en mis brazos. Y hacerle el amor desplegando todas las astucias que alguna vez aprendí de sabias mujeres. Y disfrutar de su risa clara y de su mirada limpia. Y beber gotas de licor depositadas en su ombligo, elíptico como un diminuto sexo. Y volver a ver el Lunar de Santa Clara. Sería tan fácil…
















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