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"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." — Altair

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NORMAS DEL FORO: OBLIGATORIA SU LECTURA

Hola cofrade, has recalado en la Taberna del Puerto, algo más que un foro náutico. Eres bienvenido, participa, aprende y enséñanos; de eso se trata, de enriquecernos todos en nuestros conocimientos, y sobre todo de pasar un buen rato. No entres si vienes buscando conflictos, polémicas o cualquier otro fin que no sean los anteriormente descritos. Tenemos algunas normas y es obligatorio que las leas antes de empezar.

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4/ No uses el foro como un chat salvo en aquellos temas habilitados a tal efecto, los cuales periódicamente serán eliminados. Las contestaciones reiterativas y/o automáticas, haciendo uso del sistema copi-pegui o cualquier otro no están permitidas.

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7/ Los temas políticos o que induzcan a la polémica innecesaria, mejor los dejas para otros foros de los muchos que hay para ello en la red. Se prohíbe hablar de política, de política económica, de política social, de nacionalismos, de antinacionalismos, de diferencias idiomáticas, de banderas nacionales, de exaltaciones patrióticas, de hechos diferenciales, de religión, de anti-religíon, de toros y del maltrato animal, y en general de todos los temas que se sabe de antemano van a ser polémicos y mucho más si no son náuticos. No contestes a estos temas o mensajes, informa a los administradores. No se tolerarán actitudes racistas, xenófobas, sexistas, denigrantes hacia otros colectivos o para con los demás, totalitarias o extremistas sean del signo que sea.

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Permitidme una confesión.

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  • Re: Permitidme una confesión.

    Por fortuna para mí, la costa de Levante de Cerdeña permanecía inmutable e indescriptible. Fondeé unas horas tras las formas imposibles de la Isla Ogliastra, poblada por miles de pájaros marinos y rodeada de aguas tan claras que da vértigo mirar por encima de la regala. Amarré un par de días en Santa Maria Navarrese, donde, encantado por la fuerza de los paisajes, estuve a punto de quedarme para siempre (había una casita en venta que aún se me aparece en sueños). Deambulé por las calas que, por docenas, se abren al mar en cada pliegue de las montañas y deslizan bajo el agua una arena tan blanca que cuesta saber dónde acaba Cerdeña y dónde comienza el Tirreno.

    Hablé con los nativos y con los turistas; cociné mucho y variado; dormí como una marmota y conseguí no pensar en lo viejo que el destino me hacía sentir ni en las consecuencias que podría acarrear una decisión errónea. Estaba de vacaciones. Fuerte, moreno y sano. Lleno de ‘joie de vivre’ y, por lo tanto, sin edad contrastable.

    Y entonces me llegó un mensaje de mi hijo.

    Salut,

    Hay casualidades increíbles! Tengo que hablar personalmente de ciertos temas con mi cliente y anfitrión en Pantelleria, y resulta que en estos momentos está navegando en su barco hacia Porto Cervo, donde espera llegar en dos días. Como tú estás por la zona, me libro del dolor de cabeza de tener que buscar hotel en esta época y, muy importante, tengo buena excusa para no quedarme a bordo de su barco todo el día. Confírmame dónde puedes recogerme pasado mañana y cómo prefieres pasar el par de días que necesito para la entrevista. Olbia y fondeo? Marinella? Porto Rotondo? Ya sé que en Porto Cervo no te encuentras a gusto y que, además, es imposible encontrar un amarre en esta época.

    Ayer comí con Claire aquí, en Londres, y me dijo que os habéis pasado algunos e-mails. La vi muy triste. Oye, vete con cuidado. Creo que se ha enamorado de ti!
    ---

    ¡No pensar! Sobre todo, ¡no pensar! Me centré en la compra de provisiones y en la planificación de la ruta. Lo mejor, recoger a mi hijo el muelle que hay junto al museo arqueológico, en Olbia. De allí, dependiendo del viento, a Marinella o directamente a la Cala di Volpe, donde podría producirse el encuentro con los clientes. ¿Cómo ando de gasoil? ¿Y de agua? Baldearé en Olbia. ¿Y dónde encuentro ahora una lavandería?

    Pero, como dice el tango, el que huye tarde o temprano detiene su andar. Me volvieron a asaltar las dudas y las penas, que se apoderaron otra vez de mi estómago. ¡Claire estaba triste!. Sería tan fácil salir corriendo a abrazarla. Y llenarla de besos. Y acunarla en mis brazos. Y hacerle el amor desplegando todas las astucias que alguna vez aprendí de sabias mujeres. Y disfrutar de su risa clara y de su mirada limpia. Y beber gotas de licor depositadas en su ombligo, elíptico como un diminuto sexo. Y volver a ver el Lunar de Santa Clara. Sería tan fácil…

    Comentario


    • Re: Permitidme una confesión.



      Preciosa la bahía de Santa Maria Navarrese

      Gracias
      sigpic

      Comentario


      • Re: Permitidme una confesión.

        Qué caro te vendes. Un placer leerte, Gracias.

        Comentario


        • Re: Permitidme una confesión.

          Originalmente publicado por Tahleb Ver Mensaje
          Ayer comí con Claire aquí, en Londres, y me dijo que os habéis pasado algunos e-mails. La vi muy triste. Oye, vete con cuidado. Creo que se ha enamorado de ti!
          ---

          ¡No pensar! Sobre todo, ¡no pensar! ..........

          ........ el que huye tarde o temprano detiene su andar.

          Sería tan fácil…


          Definitivamente Taihleb, desde aquí toda mi
          La vida es como un viaje por el mar:
          hay días de calma y días de borrasca.
          Lo importante es ser buen capitán
          de nuestro barco.
          Jacinto Benavente

          Comentario


          • Re: Permitidme una confesión.

            Sería tan fácil. Y luego, ¿qué? ¿Qué cantidad de sufrimiento aplazado introduciría en nuestras vidas?¿Cuántas cosas dejaría ella de vivir por mi culpa?

            Claro que ¿podría alguien darle toda la felicidad que yo me sentía capaz de darle? ¿podría vivir alguna vez aquello que viviría conmigo? ¿Quién era yo para decidir qué era lo que más le convenía? ¿Y yo? ¿Me sentía capaz de arrostrar el sufrimiento final al que me conduciría esa historia? ¿qué haría si mi pasión se acabase antes que la suya?¿me sentía merecedor de un final de fiesta como ese?¿estaba legitimado?

            Uno nunca es totalmente inocente de los desastres que se producen en su vida. Me había preguntado muchas veces cuáles debían ser las ignoradas culpas que me habían conducido a la soledad. Es muy perturbador pensar que uno puede haber estado cometiendo errores dolorosos sin darse ni cuenta. O, aún peor, estando convencido de que obra bien. Y esa sospecha pesaba sobre mí desde hacía mucho tiempo. Como un ácido corrosivo o un parásito perforador, mi presunta culpabilidad había ido abriéndose camino en la base de mi alma, desfondándola.

            ---
            My dear Fox,

            Ayer comí con tu hijo en Londres. Da mucha ternura ver cómo te imita en un montón de cosas. Fuimos a Simpsons –naturalmente!-, y me percaté de que el maître y los camareros estaban encantados de tener a alguien como él de cliente. Verdaderamente, forma parte integrante del paisaje de la City. Me temo que has criado un gentleman tan británico como se pueda llegar a ser. No sé qué opinarían vuestros antepasados.

            Estoy en Londres para recoger instrucciones de mis superiores. Pasado mañana me subo a un avión con destino a Kampala y no sé muy bien cuándo estaré de regreso –tal vez en tres semanas o un mes- ni si me será fácil comunicarme contigo. Cuando regrese tienes que concederme una entrevista. Tenemos que hablar muy seriamente tú y yo. Hablaremos y, después, si es eso lo que quieres, no volverás a verme.

            Creo que deberíamos poner los miedos sobre la mesa y analizarlos. Es muy posible que tengamos un futuro común muy corto. Tal vez te abandone al cabo de unos meses, cuando tu potencia sexual disminuya o cuando se te acaben los trucos de mago. O quizás sea al cabo de unos pocos años, cuando mi “reloj biológico” me exija ser madre y tú, con muy buen sentido, te niegues a ser padre. Tal vez seas tú el que me abandone a mí para volver a tu cómoda soledad o para irte al Más Allá. No podemos tener otro proyecto común más que el de bebernos a grandes tragos una parte de la vida. Es muy difícil que esto nuestro acabe bien, desde luego. Pero, revolviendo mis fetiches, acaricié ayer el collar que me regalasteis en Milazzo y leí la divisa de tu padre: J’ose. Y pienso que tal vez seas capaz de arriesgarte, si procedes de una estirpe de valientes, a morir en la última batalla.

            Piensa, querido zorrito del desierto, amado corazón roto, deseado poblador de los mares, que yo soy la última llamada que el amor hará a tu puerta.

            + + +

            Touché! Dije en voz alta mientras apagaba el ordenador.

            Comentario


            • Re: Permitidme una confesión.

              Quierela, te ve por dentro

              ¿Pueden ser tan fáciles ?

              ¿qué pasa después?
              sigpic

              Comentario


              • Re: Permitidme una confesión.

                Chupitos de Citadelle para todos.
                Yo, ya estuve enganchado ya me desenganché, pero esto sigue…….
                Tiene un cierto parecido a……… “Navegar en mares revueltos” jejjejejejee, de novela……

                Comentario


                • Re: Permitidme una confesión.

                  Sobraba tiempo, así que entré a pasar la noche en un puerto con nombre de resonancias gaditanas, La Caletta, que abre su bocana unas treinta y pico millas al sur de Olbia. Fui a cenar a tierra, tomé un par de copas en un bar, donde un cuarteto tocaba un jazz muy aceptable y, volviendo a pie hacia el puerto, encendí un ‘toscanelli’ que, por nostalgia, había comprado esa tarde en una tienda de Tabacchi e Sali. Nunca fui fumador, pero un colega español, al que conocí hace mucho tiempo en Huelva, me enseñó las virtudes del tabaco toscano como repelente contra los mosquitos. El pestazo acre de ese tabaco, emparentado de algún modo con la brea, se fijó en mis costumbres y en mis recuerdos como compañero inseparable de paisajes pantanosos, ríos tropicales, maniobras difíciles y noches de alcohol solitario. Al llegar a bordo hice sonar en el equipo de música uno de los discos de mi hijo, uno que él nunca escuchaba en mi presencia: nocturnos de Chopin.

                  Se supone que esos solos de piano debían traerme malas vibraciones y pésimos recuerdos, pero ambas cosas se habían desvanecido por ensalmo. Aprecié la música, el humo del toscano y el aroma de una copita de Courvoisier procedente de una botella del fondo del armario, olvidada a pesar de que en su etiqueta afirmaba ser el cognac de Napoleón. Me invadía una paz inusitada. Tal vez, pensé, era una paz hija de la media botella de vino de la cena, más los dos gin-tonics del bar y la intervención final del Emperador de Francia. Todos mis problemas y mis temas de reflexión circularon con brevedad por mi mente, pero habían perdido una dimensión y aparecían planos, como vistos desde un avión que volase muy alto. Sólo sentí una punzadita cuando me traspasó un recuerdo tonto: la sensación, bajo mis pies, de las vibraciones de mis barcos durante las maniobras; la sutil escora de saludo, que me indicaba cuándo era tiempo de levantar timón aún antes de que se iniciase la caída de la proa; los silbidos del aire comprimido en la sala de máquinas y el leve estremecimiento de la cubierta cuando el motor arrancaba.

                  Me levanté pronto, sintiéndome aún en estado de gracia. La voz de monje del servicio meteo italiano, en el canal 68, anunciaba Noroeste 4 a 5, así que enfundé la mesana antes de salir y preparé la mayor para izarla directamente con un rizo. Pensé que lo mejor sería ir a buscar viento limpio unas millas afuera y, aunque fuese de ceñida, poder navegar a vela. Con mayor y trinquetilla tiré un par de bordos impecables y me planté en la bocana de Olbia al anochecer, cubiertos el barco y yo de una buena capa de sal.

                  Mi hijo llegó una hora después, vestido aún de londinense. Nos observó, al barco y a mí, y, con una media sonrisa de envidia, dijo que era evidente que nos habíamos pegado una buena cabalgada durante el día. Habrá que baldear bien por la mañana.

                  Salimos de Olbia cerca ya del mediodía, con el barco reluciente, los tanques llenos, la gambuza repleta y el interior en orden. A media tarde estábamos fondeados en la Cala di Volpe a la espera de que llegase el mega-yate de los clientes de mi hijo. Tuvimos tiempo de hablar del futuro y del presente, y, entre otras cosas, me anunció que iba a sustituir el ketch por un barco más grande y de diseño más moderno que sus negocios le habían puesto a tiro. Me enseñó planos y fotografías, y me di cuenta de que estaba muy ilusionado. Pero yo no puedo llevar ese barco en solitario, le dije. ¡Claro que no! Necesitaremos tres tripulantes. Uno de ellos, cocinero y otro que pueda hacer de skipper. A ti te toca ya descansar un poco, si es que eres capaz de quedarte quieto.

                  Esa noche me costó un poco dormir.

                  Los italianos entraron en la cala a la mañana siguiente. Ver maniobrar un barco, aunque solo sea para fondear un ancla, es un espectáculo tan magnético como el fuego de un hogar. Supongo que estaba jugando a anticipar las órdenes de su capitán cuando noté que mi hijo me rozaba las costillas con el codo. Mira ahí, a popa, en la cubierta superior.

                  Y ahí, a popa, en la cubierta superior, bajo una gorra de baseball roja, vi brillar la sonrisa entre pícara y feliz de Adèle, que nos saludaba dando saltitos de alegría.

                  Aren’t you lucky, vieux pirate! Me susurró entre dientes mi hijo.

                  Comentario


                  • Re: Permitidme una confesión.

                    Vive y deja vivir,
                    pero vive como piensas,
                    o acabarás pensando como vives.

                    Comentario


                    • Re: Permitidme una confesión.

                      No se si hay cofrades que no disfrutan de este hilo, ya que las primeras paginas ,se leen como algo ,demasiado personal y doloroso, aunque posts como este ultimo ,merecen deleitarnos con el cofrade.
                      La vida, es eso que pasa, mientras hacemos otros planes..." J.Lennon.

                      Comentario


                      • Re: Permitidme una confesión.


                        Tahleb, no permitas que el hijo cambie el barco, eso de llevar cocinero y skipper es muy british, pero un coñazo, tienes gente a bordo pero no son compañía
                        sigpic

                        Comentario


                        • Re: Permitidme una confesión.

                          Es soberbio como escribes. Y eso que la carta que escribió ella en el capítulo anterior no me llegó, seguramente porque me parece demasiado evidente que estaba escrita por un hombre

                          Me encanta y me engancha.

                          Comentario


                          • Re: Permitidme una confesión.

                            A partir de ese momento, el ambiente general tomó un tono entre festivo y pícaro, como de día de boda, con Adèle y yo en el centro de la escena. Todos, desde la tripulación del yate a los armadores del mismo, me sonreían, me guiñaban el ojo, me daban palmaditas en la espalda. Si hubiéramos sido dibujos de un cómic, se habría visto surgir un mismo globo de perfil nuboso de todas las cabezas con un texto del estilo de “tremendo polvo vas a echar hoy, compadre”.

                            Una parte de mí intentaba superar la sensación de estupor que me generaba aquella situación y pugnaba por reaccionar de algún modo, pero, para mi sorpresa, otra parte de mí se dejaba conducir por las circunstancias en alas de un irrefrenable deseo físico. Adèle estaba radiante. Preciosa. Ruborizada como una verdadera novia.

                            Y aún había una tercera sección de mi consciencia que contemplaba todo aquello con consternación, pensando en Claire. En Claire, que estaría a esas horas volando hacia el bajo vientre de África. Hacia el infierno. Arriesgando su vida y su brillante futuro para ajustarle cuentas al diablo en nombre de la Humanidad. Tal vez, pensé, ya habrá llegado a Kampala.

                            Cala di Volpe, repleta de gigantescos yates de súper lujo; la playa de Licia Ruja, al Oeste, con grupitos de mega-millonarios rusos que iban a tierra para mejor ostentar sus botellas de carísimo champagne y gozar de la vista de sus desaforados barcos; Billionaire Beach al Este y Porto Rotondo al Sur, rebosantes de lanchas rápidas y de lustrosos plutócratas, tomaron de pronto relieve en mi percepción, adquiriendo la inapelable condición de lo obsceno.

                            Almorzamos en la toldilla del gran yate. Todo: la mesa, los platos, los vasos, nuestras ropas, todo era de un blanco impoluto, muy a propósito para resaltar el color rubí del vino, algunos pequeños detalles de los adornos de las señoras y ciertos toques de color en la comida. Todo estaba milagrosamente encajado en el mismo cuadro armónico. Como un decorado.

                            Después de comer, el grupo se dispersó por el barco. Mi hijo y el armador fueron hacia la cubierta del puente; parte de los invitados bajaron a la plataforma de popa para tomar un baño y hubo quien se sentó con indolencia en los sillones del salón, con la cabeza a la misma altura que las rodillas. Adèle me tomó de la mano y me condujo hacia su camarote.

                            Mientras caminaba por el pasillo me sentí como si fuera a hundirme en la absoluta abyección. Descubrí que una estrofa de la canción que Claire tanto adoraba tenía, en mi caso, una aplicación espantosamente real. Era mi propia alma la que circulaba por aquel pasillo, exenta de toda esperanza de redención.

                            Avec mon âme qui n’ha plus
                            La moindre chance de salut
                            Pour éviter le purgatoire.

                            Comentario


                            • Re: Permitidme una confesión.

                              Pero, una vez más, la realidad fue menos dramática, menos brutal, de lo que había imaginado. Adèle era extraordinariamente delicada e inteligente y creo que había detectado mis reticencias desde el mismo momento en que me vio sobre la cubierta del ketch. Me besó suavemente, tomando mi cara entre sus manos, y me obligó a enfrentar la hipnótica luz de su mirada, como si me explorase la mente.

                              A esas alturas ya no me sorprendió que pudiera ver a través de mí, pero no pude evitar que me recorriese un pequeño escalofrío cuando me preguntó, con expresión misericorde, si echaba mucho de menos a la inglesita morena aquella que se parecía un poco a Sandra Bullock; ¿Claire, se llamaba?

                              No perdí el tiempo preguntando cómo era posible que supiera lo que parecía saber. Simplemente cogí aire y empecé contárselo todo, sin ninguna reserva. Necesitaba una amiga y, tal vez, escuchar algún consejo, aunque Adèle tenía la experiencia suficiente como para no darlo. En cambio, expuso con brevedad y concisión lo que suponía, con acierto, que debían ser mis sentimientos y sensaciones. Me hizo ver que, en contra de lo que yo creía -o quería creer-, en mi corazón se había quedado encerrada, como dentro de una caldera, una cierta cantidad de amor y un anhelo de ternura que no tenían salida clara. Te has hecho mayor, mon ami. Ya no puedes ir por ahí buscando novia y conservar la dignidad. El amor ‘sostenible’ ya hace mucho tiempo que llamó por última vez a tu puerta.

                              Y, una vez más, tengo la fortuna de haber encontrado quien explique lo que sigue mucho mejor que lo que yo sería capaz :



                              Aquella tarde fuimos sólo dos extraños concediéndose deseos, como dos enamorados.

                              Comentario


                              • Re: Permitidme una confesión.

                                Ayysss... Es todo tan emocional y tan pasional que me cautiva... No sé lo que vas a contar, pero un hombre como él, tan independiente y tan adaptado a la soledad, no se dejará atrapar por el amor que le ofrece Claire. Es un cambio de vida tan radical, para algo que quizá no funcione con el tiempo... No va a correr el riesgo Dejará que prime su egoismo por encima de todo... una pena...

                                Enhorabuena, a mí me parece que el relato te está quedando de maravilla. Despierta en mí sentimientos tan intensos que incluso alguna vez me he enfadado con lo que he leído jajajajaja...

                                Comentario

                                Trabajando...
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