VHF: Canal 77
"Se navega por los astros, por la mar, por la tierra, por las gentes, por los sentimientos...Se navega." — Altair

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NORMAS DEL FORO: OBLIGATORIA SU LECTURA

Hola cofrade, has recalado en la Taberna del Puerto, algo más que un foro náutico. Eres bienvenido, participa, aprende y enséñanos; de eso se trata, de enriquecernos todos en nuestros conocimientos, y sobre todo de pasar un buen rato. No entres si vienes buscando conflictos, polémicas o cualquier otro fin que no sean los anteriormente descritos. Tenemos algunas normas y es obligatorio que las leas antes de empezar.

1/ Este es un foro náutico y aunque se permite hablar de otros temas, se ruega contención en el uso de los mismos, para ello existe un foro específico.

2/ Usa títulos claros y que describan el contenido del tema. De este modo será más fácil encontrarlos en el buscador para posteriores consultas además de que facilitas el trabajo de los que te vayan a responder. Títulos ambiguos como “ayuda”, “tengo un problema”, etc... no colaboran a este fin. Inserta tú tema en el foro adecuado, mira antes de lanzarlo por si alguien poco antes que tú ha puesto lo mismo; si es así no crees un tema nuevo, contesta al otro. Usa el buscador, es una gran herramienta. No escribas todo el texto con mayúsculas, se interpreta como que estás gritando. Todo esto facilita enormemente el trabajo de los que curramos aquí.

3/ No se permite el "spam" ni la publicidad de empresas o de actividades que conlleven lucro. Tampoco solicitud de ofertas de empresas o profesionales salvo en los foros de anuncios de compra-venta.

4/ No uses el foro como un chat salvo en aquellos temas habilitados a tal efecto, los cuales periódicamente serán eliminados. Las contestaciones reiterativas y/o automáticas, haciendo uso del sistema copi-pegui o cualquier otro no están permitidas.

5/ Respeta a los demás y a sus opiniones si quieres que las tuyas sean respetadas. Los insultos, la agresividad, el mal gusto y la mala educación no están permitidas en este foro. Aquí venimos a divertirnos, no a pelearnos. Se prohíbe insultar, ser agresivo, maleducado, soez, no respetar a los demás, intentar imponer nuestras ideas, empezar o dar pie a que empiecen peleas o trifulcas. Se exige orden y delicadeza a la hora de tratar ciertos asuntos, como por ejemplo, en lo que a la ortografía se refiere. Serán considerados como insultos y faltas de respeto el calificar a los Moderadores y/o Administradores como censores, dictadores, que coartan la libertad de expresión, que aplican un doble rasero, y expresiones similares.

6/ Nos gusta conocer con quién hablamos, así que, una pequeña presentación en el foro correspondiente que existe para tal fin siempre será bien recibida. No obstante, si alguien decide no presentarse, los demás usuarios se abstendran de reclamar dicha presentación y/o realizar crítica o petición alguna.

7/ Los temas políticos o que induzcan a la polémica innecesaria, mejor los dejas para otros foros de los muchos que hay para ello en la red. Se prohíbe hablar de política, de política económica, de política social, de nacionalismos, de antinacionalismos, de diferencias idiomáticas, de banderas nacionales, de exaltaciones patrióticas, de hechos diferenciales, de religión, de anti-religíon, de toros y del maltrato animal, y en general de todos los temas que se sabe de antemano van a ser polémicos y mucho más si no son náuticos. No contestes a estos temas o mensajes, informa a los administradores. No se tolerarán actitudes racistas, xenófobas, sexistas, denigrantes hacia otros colectivos o para con los demás, totalitarias o extremistas sean del signo que sea.

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15/ Si estás de acuerdo con ellas este es tú sitio; si no te gustan, no te apetece cumplirlas, las consideras restrictivas, censoras o que coartan tu libertad de expresión, no entres, no intervengas, y no te quejes cuando te sean aplicadas las medias correctoras adecuadas. No luches por cambiarlas a tu conveniencia, no puedes.

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Se entiende que una vez borrada la cuenta, esta acción es irreversible, con lo cual no se podrá volver atrás.


Estas normas pueden ser modificadas sin previo aviso, por lo que se recomienda consultarlas regularmente...



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Rincón literario

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  • Re: Rincón literario

    Un poco de música, mientras recuerdo algo nuevo que poner que no haya puesto.



    Vive y deja vivir,
    pero vive como piensas,
    o acabarás pensando como vives.

    Comentario


    • Re: Rincón literario

      Apreciada Dama: Como habeis mostrado sobradamente vuestro gusto por la buena literatura, os dejo dos cuentos cortos muy hermosos.


      Vicente Blasco Ibañez
      Lobos de mar
      Retirado de los negocios después de cuarenta años de navegación con toda clase de riesgos y aventuras el capitán Llovet era el vecino más importante del Cabañal, una población de casas blancas de un solo piso, de calles anchas, rectas y ardientes de sol, semejante a una pequeña ciudad americana.
      La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con curiosidad al viejo lobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de listada lona que sombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años pasados a la intemperie, en la cubierta de un buque, sufriendo la lluvia y los rocio nes del oleaje, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y esclavo del reuma, permanecía en su sillón, prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie. Alto, musculoso, con el vientre hinchado y caído sobre las piernas, la cara bronceada por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitán parecía un cura en vacaciones, tranquilo y bonachón en la puerta de su casa. Sus ojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre habituado al mando, eran lo único que justificaba la fama del capitán Llovet, la leyenda sombría que flotaba en torno de su nombre.
      Había pasado su vida en continua lucha con la Marina Real inglesa, burlando la persecución de los cruceros en su famoso bergantín repleto de carne negra que transportaba desde la costa de Guinea a las Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron oscilar sus marineros. Contábanse de él cosas horripilantes. Cargamentos enteros de negros arrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza; los tiburones del Atlántico, acudiendo a bandadas, haciendo hervir las olas con su fúnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre, repartiéndose a dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperación sus brazos fuera del agua; sublevaciones de tripulación contenidas por él solo a tiros y hachazos; raptos de ciega cólera, en los que corría por cubierta como una fiera; hasta se hablaba de cierta mujer que le acompañaba en sus viajes, la cual, desde el puente, fue arrojada al mar por el iracundo capitán, después de una disputa por celos. Y junto con esto, inesperados arranques de generosidad: socorros a manos llenas a las familias de los marineros. En un arrebato de cólera era capaz de matar a uno de los suyos; pero si alguien caía al agua, se arrojaba para salvarle, sin miedo al mar ni a sus voraces bestias.
      Enloquecía de furor si los compradores de negros le engañaban en unas cuantas pesetas, y en la misma noche gastaba tres o cuatro mil duros celebrando una de aquellas orgías que le habían hecho famoso en la Habana. «Pega antes que habla», decían de él los marineros, y recordaban que en alta mar, sospechando que su segundo conspiraba contra él, le había deshecho el cráneo de un pistoletazo. Aparte de esto, un hombre divertidísimo, a pesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del Cabañal, la gente, reunida a la sombra de las barcas, reía recordando sus bromas. Una vez dio un convite a bordo al reyezuelo africano que le vendía sus esclavos, y viendo borrachos a la negra majestad y sus cortesanos, hizo como el negrero de Mérimée: desplegó velas y los vendió como esclavos.
      Otra vez, viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró su buque en una sola noche, pintándolo de otro color y cambiando la arboladura. Los capitanes ingleses tenían datos en abundancia para conocer el buque del audaz negrero; pero como si no tuvieran nada. El capitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano del mar y trataba su barco como a un burro de feria, haciéndole sufrir transformaciones maravillosas.
      Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para el negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habían apodado el Capitán Magnífico, y así seguían llamándole los pocos marineros de su antigua tripulación que todavía arrastraban por la playa las piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho.
      Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de la trata se había metido en su casa del Cabañal, viendo pasar la vida ante su puerta, sin otras distracción que jurar como un condenado cuando el reuma le hacía permanecer inmóvil en su asiento. Por una respetuosa admiración venían a sentarse en la acera algunos de aquellos vejestorios que habían recibido de él en otros tiempos órdenes y palos, y juntos hablaban con cierta melancolía de la gran calle, como el capitán llamaba al Atlántico, contando las veces que habían pasado de una acera a otra, de Africa a América, corriendo temporales y chasqueando a los polizontes del mar. En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernas estaban fuertes, bajaban a la playa, y el capitán, enardecido a la vista del mar, desahogaba sus odios. Odiaba a Inglaterra por haber oído silbar más de una vez las balas de sus cañones. Odiaba a la nave gación a vapor como un sacrilegio marítimo. Aquellos penachos de humo que pasaban por el horizonte eran los funerales de la Marina. Ya no quedaban sobre el agua hombres de oficio; ahora el mar era de los fogoneros.
      En los días tempestuosos del invierno siempre le veían en la playa con la nariz palpitante, olfateando la tormenta, como si aún estuviera sobre cubierta preparándose a resistir el tiempo. Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y allá fue, contestando con gruñidos a la familia que le hablaba de su reuma. Entre las negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el mar, lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules; las faldas ondeantes por el vendaval, con las que se resguardaban de la lluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían como ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos, enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del puerto, amontonamiento de peñascos rojos barnizados por las olas, entre los cuales hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar.
      Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra punta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes tendidos en la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de ir hasta la barca, de echarle un cabo, de atraerla a la playa; pero los más audaces, mirando las olas que se desplomaban, llenando el espacio de polvo de agua, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría la voltereta antes de mover un remo.
      -A ver: ¡gente que me siga! Hay que salvar a esos pobres.
      Era la voz ruda e imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sus torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas por la cólera que le infundía el peligro.Las mujeres le miraban asombradas; los hombres retrocedían, formando ancho corro en torno de él, que prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fueran a cerrar a golpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente como si estuviera ante una tripulación insubordinada.
      -¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra en su pueblo hombres que le sigan al mar?
      Lo dijo rugiendo como un tirano que se ve desobedecido, como un Dios que contempla la huída de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que era en él señal de ciega cólera.
      -Presente, capitá -gritaron a un tiempo unas cuantas voces temblonas.
      Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos, cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades, antiguos marine ros del capitán Llovet, arrastradospor la subordinación y el afecto que crea el peligro afrontado en común. Avanzaron unos arrastrando los pies; otros, con saltitos de pájaro; alguno, con los ojos muy abiertos, mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil; todos temblorosos de frío, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra calada sobre dobles pañuelos arrollados a las sienes. Era la vieja guardia corriendo a morir junto a su ídolo. De los grupos salían mujeres y niños que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerlos: «~Agüelo!», gritaban los nietos. «¡Padre!», gemían las mocetonas. Y los animosos vejetes, irguiéndose como los rocines moribundos al oír el clarín de las batallas, repelían los brazos que se anudaban a sus cuellos y piernas, y gritaban, contestando a la voz de su jefe: «Presente, capitá.»
      Los lobos de mar, con su ídolo al frente, abriéronse paso para echar al mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la barca y que se deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron un nuevo esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra su locura, y cayó sobre ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias.
      -¡Dejadme, cobardes! ¡Al que me toque lo mato! -rugía el capitán Llovet.
      Pero por primera vez, aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en él. Le sujetaron como a un loco, sordos a sus súplicas, indiferentes a sus maldiciones.
      La barca, abandonada a todo auxilio, corría a la muerte, dando tumbos sobre las olas. Ya estaba próxima a los peñascos, ya iba a estrellarse entre torbellinos de espuma; y aquel hombre, que tanto había despreciado la vida del semejante, que había nutrido a los tiburones con tribus enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre, revolvíase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando, porque no le dejaban arriesgar la existencia socorriendo a unos desconocidos, hasta que, agotadas sus fuerzas,
      acabó llorando como un niño.
      FIN[

      Comentario


      • Re: Rincón literario

        Segundo relato.

        Vicente Blasco Ibañez
        [
        En el mar
        A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.
        -¡Antonio! ¡Antonio!
        Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que le avisaba para hacerse a la mar.
        Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba con Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama, hablando de los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano! En el anterior, los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables. El día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio, guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la condición de simples marineros, comprándose una barca para pescar por cuenta propia.
        El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas había venido la carencia de pesca.
        Las redes sólo sacaban algas o pez menudo, morralla de la que se deshace en la sartén. Los atunes habían tomado este año otro camino, y nadie conseguía izar uno sobre su barca.
        Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa: debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado, dueño del pueblo por sus judiadas, los amenazaba continuamente si no entregaban algo de los cincuenta duros con intereses que le había prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera que consumió todos sus ahorros.
        Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueve años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre.
        -A ver si hoy tenéis más fortuna -murmuró la mujer desde la cama-. En la cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer ya no querían fiarme en la tienda. ¡Ay,Señor, y qué oficio tan perro!
        -Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios proveerá. Justamente vieron ayer algunos un atún que va suelto; un viejo que se calcula pesa más de treinta arrobas, Figûrate si lo cogiéramos... Lo menos sesenta duros.
        Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel pescadote, un solitario que,separado de su manada, volvía, por la fuerza de la costumbre, a las mismas aguas del año anterior.
        Antoñico, estaba ya en pie y listo para partir, con la gravedad y satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; al hombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de los roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerlos.
        Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al muelle de los pescadores. El compadre los esperaba en la barca preparando la vela.
        La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su empalizada de mástiles. Corrían sobre ellas las negras siluetas de los tripulantes, rasgaba el silencio el mido de los palos cayendo sobre cubierta, el chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en la oscuridad como enormes sábanas.
        El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes del interior en busca del mar.
        Cerca del muelle, un caserón mostraba sus ventanas como homos encendidos, trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.
        Era el casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de odio. ¡Cómo trasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Si tuvieran que madrugar para ganarse el pan!...
        -¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante.
        El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remontó la vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el viento.
        La barca se arrastró, primero, mansamente sobre la tranquila superficie de la bahía;después ondularon las aguas y comenzó a cabecear: estaban fuera de puntas, en el mar libre.
        Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, y por todos lados,sobre la mar negra, barcas y más barcas, que se alejaban como puntiagudos fantasmas,resbalando sobre las olas.
        El compadre miraba el horizonte.
        -Antonio, cambia el viento.
        -Ya lo noto.
        -Tendremos mar gruesa.
        -Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos que barren el mar.
        Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguían la costa, continuó con la proa mar adentro.
        Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre el mar un triángulo de fuego, y las aguas hervían como si reflejasen un incendio. Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil, y el chicuelo, en la popa, explorando el mar. De la popa y las bordas pendían cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De cuando en cuando, tirón, y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estaño animado. Pero eran piezas menudas..., nada.
        Y así pasaron las horas. La barca, siempre adelante, tan pronto acostada sobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja. Hacía calor, y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de agua metido en la estrecha cala.
        A las diez habían perdido de vista la tierra; únicamente se veían por la parte de popa las velas lejanas de otras barcas, como aletas de peces blancos.
        -Pero, Antonio -exclamó el compadre-, ¿es que vamos a Orán? Cuando la pesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más adentro.
        Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas, pero sin dingirse a tierra.
        -Ahora -dijo alegremente - tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo. Ya se presentará la pesca cuando ella quiera.
        Para cada uno, un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada a puñetazos sobre la borda.
        El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olas, de larga y profunda ondulación.
        -¡Pae! -gritó Antoñico desde la proa-, un pez grande, mu grande... ¡Un atún!
        Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres aso máronse a la borda.
        Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi a flor de agua un negro lomo de terciopelo; el solitario, tal vez, de que tanto hablaban los pescadores.
        Flotaba poderosamente; pero, con una ligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la barca y tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente.
        Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente echó al mar el aparejo con un anzuelo grueso como un dedo.
        Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió, como si alguien, con fuerza colosal, tírase de ella, deteniéndola en su marcha e intentando hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los pies de los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela. Pero, de pronto, el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió a emprender su marcha.
        El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y desmayado. Tiraron de él y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad, a pesar de su tamaño.
        El compadre meneó tristemente la cabeza.
        -Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y de mos gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.
        -¿Dejarlo? -gritó el patrón-. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esa pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él, a él!
        Y, haciendo virar la barca, volvió a las mismas aguas donde se había verificado el encuentro.
        Puso un anzuelo nuevo, un enorme gancho, en el que ensartó va rios noveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero. ¡Flojo golpe iba a soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a su alcance!
        El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca volvió a estremecense, pero esta vez de un modo horrible. El atún estaba bien agarrado y tiraba del sólido gancho, deteniendo la banca, haciéndola danzan locamente sobre las olas.
        El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas en turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de gigantes, y de pronto la barca, como agarrada pon mano oculta, se acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.
        Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, se vio casi en las olas; peno sonó un crujido y la banca recobró su posición normal. Se había noto el aparejo, y en el mismo instante apareció el atún, junto a la bonda, casi a flor de agua, levantando enormes espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah ladrón! ¡Pon fin se ponía a tino! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo implacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo el hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y el animal se hundió en un rojo remolino.
        Antonio respiró al fin. De buena se habían librado. Todo duró algunos segundos;peno un poco más, y se hubieran ido al fondo.
        Miró la mojada cubierta y vio al compadre, al pie del mástil, agarrado a él, pálido, peno con inalterable tranquilidad.
        -Creí que nos ahogábamos, Antonio. Hasta he tragado agua. ¡Maldito animal! Pero buenos golpes le has atizado. Pero ya verás cómo no tarda en salir a flote.
        -¿Y el chico?
        Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la respuesta.
        No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó pon la escotilla, esperando encontrarle en la cala. Se hundió en el agua hasta la rodilla; el mar la había inundado. Peno ¿quién pensaba en esto? Buscó a tientas en el reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel del agua y los aparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco.
        -¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!
        El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos a in al agua?
        Atolondrado pon algún golpe, se habría ido al fondo como una bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo.
        Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar, flotaba un objeto negro sobre las aguas.
        -¡Allá está!
        Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras el compañero amainaba la vela.
        Nadó y nadó; pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencense de que el objeto era un remo, un despojo de su barca.
        Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver más lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barca que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.
        El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijo único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Era esto manera de ganarse el pan?
        Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de las olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.
        Allí se hubiera quedado; allí habría muerto con su hijo. El compadre tuvo que pescarle y meterle en la barca como un niño rebelde.
        -~,Qué hacemos, Antonio?
        Él no contestó.
        -No hay que tomarlo así. Son cosas de la vida. El chico ha muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero, ahora, a lo que estamos: a pensar que somos unos pobres.
        Y, preparando dos nudos corredizos, apresó el cuerpo del atún y lo llevó a remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de las olas.
        El viento los favorecía; pero la barca estaba inundada, navegaba mal, y los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y, con los achicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala, arrojando paletadas de agua al mar.
        Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le impedía pensar;pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que, mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba del hijo.
        La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus entrañas.
        El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas doradas por el sol de la tarde.
        La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto adormecidos.
        -¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina? -gemía el infeliz.
        Y temblaba, como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar son esclavos de la familia.
        Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era la música que tocaba en el paseo, frente al casino. Pon debajo de las achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos de toda la gente de veraneo.
        Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras sus juguetes, o formaban alegres corros, girando como ruedas de colores.
        En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. Pero Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta, escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas arremolinaba el viento.
        Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cerca el enorme animal.
        Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas minadas; los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para tocarle la enorme cola.
        Rufina se abrió paso ante la gente, llegando hasta su marido, que, con la cabeza baja y una expresión estúpida, oía las felicitaciones de los amigos.
        -¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?
        El pobre hombre bajó aún más su cabeza. La hundió entre los hombros, como si quisiera hacerla desaparecen para no oír, para no ver nada.
        -Peno ¿dónde está Antoñico?
        Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido, le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Pero no tardó en soltarle, y, levantando los brazos, prorrumpió en espantosos alaridos.
        -¡Ay Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado! ¡Está en el mar!
        -Sí, mujer -dijo el marido lentamente, con torpeza, balbuciendo y como si le ahogaran las lágrimas-. Somos muy desgraciados. El chico ha muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para obispos.
        Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada pon una crisis nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas desnudeces de animal de trabajo,mientras se tiraba de las greñas, arañándose el rostro.
        -¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñito!...
        Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabían lo que era aquello; casi todas habían pasado pon trances iguales. La levantaron sosteniéndola con sus poderosos brazos y emprendieron la marcha hacia su casa.
        Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de lloran. Y, mientras tanto, el compadre, dominado pon el egoísmo brutal de la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían adquirir la hermosa pieza.
        Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de oro.
        A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de aquella pobre mujer,desgreñada y loca, que las amigas empujaban a casa:
        -¡Antoñito! ¡Hijo mío!
        Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los rostros felices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido pasar la desgracia junto a él, que no había lanzado una mirada sobre el drama de la miseria; y el vals elegante, rítmico y voluptuoso, himno de la alegre locura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con un soplo la eterna hermosura del mar.
        FIN]

        Comentario


        • Re: Rincón literario

          Y pues, como es sabido que no hay dos sin tres, ahí va el tercer relato de D. Vicente.

          La barca abandonada
          Era la playa de Torre salinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar de reunión
          de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el vientre, jugaban a la capeta a
          la sombra de las embarcaciones, y los viejos, fumando sus pipas de ebano traídas de Argel,
          hablaban de la pesca o de las magnificas expediciones que se habian en otros tiempos a
          Gibraltar y a la costa de Africa, antes que al demonio se le ocuniera inventar eso que
          llaman la Tabacalera.
          Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástil graciosamente
          inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la playa, donde se deshacían las olas, y
          una delgada lámina de agua bruñía el suelo, cual se fuese de cristal; detrás, con la
          embetunada panza sobre la arena, estaban las negras barcas del bou, las parejas que
          aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de redes; y, en
          último término, los laúdes en reparación, los abuelos, junto a los cuales agitábanse los
          calafates, embadurnándoles los flancos con caliente alquitrán, para que otra vez volviesen
          a emprender sus penosas y monótonas navegaciones por el Mediterráneo: unas veces a las
          Baleares, con sal; a la costa de Argel, con frutas de la huerta levantina, y muchas, con
          melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.
          En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya reparados se
          hacían a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y lanzadas al agua; sólo una
          barca abandonada y sin arboladura permanecía enclavada en la arena, triste, solitaria, sin
          otra compañía que la del carabinero que se sentaba a su sombra.
          El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujían con la sequedad,
          y la arena, arrastrada por el viento, había invadido su cubierta. Pero su perfil fino, sus
          flancos recogidos y la gallardía de su construcción delataban una embarcación ligera y
          audaz, hecha para locas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tenía la triste belleza
          de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caen abandonados y débiles
          sobre la arena de la plaza de toros.
          Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni una señal del
          número de filiación y nombre de la matrícula: un ser desconocido que se moría entre
          aquellas otras barcas tan orgullosas de sus pomposos nombres, como mueren en el mundo
          algunos, sin desgranar el misterio de su vida.
          Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían en Torre salinas y
          no hablaban de ella sin sonreír y guiñar un ojo, como si les recordase algo que excitaba
          malicioso regocijo.
          Una mañana, a la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervía bajo el sol
          y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado de puntos de luz, un viejo
          pescador me contó la historia.
          -Este falucho -dijo, acariciándole con una palmada el vientre seco y arenoso- es El
          Socarrao, el barco más valiente y más conocido de cuantos se hacen al mar desde Alicante
          a Cartagena. ¡Virgen Santísima! ¡El dinero que lleva ganado este condenado! ¡Los duros
          que han salido de ahí dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orán a estas
          costas, y viceversa, y siempre con la panza bien repleta de fardos.
          El bizarro y extraño nombre de Socarrao me admiraba algo, y de ello se apercibió el
          pescador.
          -Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos lo mismo los hombres que las
          barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros; aquí, quien bautiza de veras es
          la gente. A mí me llaman Felipe; pero si algún día me busca usted, pregunte por Castelar,
          pues así me conocen, porque me gusta hablar con las personas, y en la taberna soy el
          único que puede leer el periódico a los compañeros. Ese muchacho que pasa con el cesto
          de pescado es Chispitas, a su patrón le llaman el Cano, y así estamos bautizados todos.
          Los amos de las barcas se calientan el caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en
          la popa. Una, La Purísima Concepción; otra, Rosa del Mar; aquélla, Los Dos Amigos;
          pero llega la gente con su manía de sacar motes y se llaman La Pava, El Lorito, La Medio
          Rollo, y gracias que no las distinguen con nombres menos decentes. Un hermano mío
          tiene la barca más hermosa de toda la matrícula, la bautizamos con el nombre de mi hija:
          Camila; pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le ocurrió a un
          pillo de la playa que parecía un huevo frito. ¿Quená usted creerlo? Sólo con este apodo la
          conocen.
          -Bien -le interrumpí-; pero ¿y El Socarrao?
          -Su verdadero nombre era El Resuelto; pero por la prontitud con que maniobraba y
          la furia con que acometía los golpes de mar, dieron en llamarle El Socarrao, como a una
          persona de mal genio... Y ahora vamos a lo que ocunió a este pobre Socarrao hace poco
          más de un año, la última vez que vino de Orán.
          Miró el viejo a todos lados, y, convencido de que estábamos solos, dijo con sonrisa
          bonachona:
          -Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignoraba nadie en el pueblo; pero si yo se lo
          digo, es porque estamos solos y usted no irá después a hacerme daño. ¡Qué demonio!
          Haber ido en El Socarrao no es ninguna deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y
          barquillas de la Tabacalera no lo ha creado Dios: lo inventó el Gobierno para hacernos
          daños a los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy honroso de
          ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en tierra. Oficio de hombres
          enteros y valientes como Dios manda.
          Yo he conocido los buenos tiempos: Cada mes se hacían dos viajes; y el dinero
          rodaba por el pueblo que era un gusto. Había para todos: para los de uniforme,
          ¡pobrecitos!, que no saben cómo mantener su familia con dos pesetas, y para nosotros, la
          gente de mar.
          Pero el negocio se puso cada vez peor, y El Socarrao hacía sus viajes de tarde en
          tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que nos tenían entre ojos y
          deseaban meternos mano.
          En la última correría íbamos ocho hombres a bordo. En la madrugada habíamos
          salido de Orán, y a mediodía, estando a la altura de Cartagena, vimos en el horizonte una
          nubecilla negra, y al poco rato, un vapor que todos conocimos. Mejor hubiéramos visto
          asomar una tormenta. Era el cañonero de Alicante.
          Soplaba buen viento. Ïbamos en popa con toda la gran vela de frente y el foque
          tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya no es nada, y el buen
          marinero aún vale menos.
          No es que nos alcanzaran, no, señor. ¡Bueno es El Socanao para dejarse atrapar
          teniendo viento! Navegábamos como un delfin, con el casco inclinado y las olas
          lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretaban las máquinas y cada vez veíamos
          más grande el barco, aunque no por esto perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡ Si
          hubiéramos estado a media tarde! Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara, y
          cualquiera nos encuentra en la oscuridad. Pero aún quedaba mucho día, y corriendo a lo
          largo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.
          El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su fortuna pendiente
          de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendió del vapor u oímos el estampido
          de un cañonazo.
          Como no vimos la bala, comenzamos a reír satisfechos y hasta orgullosos de que
          nos avisasen tan ruidosamente.
          Otro cañonazo; pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaro estaba
          silbando sobre la barca, y la entena se vino abajo con el cordaje roto y la vela desganada.
          Nos habían desarbolado, y al caer el aparejo le rompió una pierna a un muchacho de la
          tripulación.
          Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y, ¡qué demonio!, ir a la
          cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia, es algo más temible que una noche
          de tormenta. Pero el patrón de El Socarrao es hombre que vale tanto como su barca:
          «Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos, no os cogerán.»
          No hablaba a sordos, y como listos, no había más que pedirnos. El pobre compañero
          se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándose la pierna rota, lanzando
          alaridos y pidiendo por todos los santos un trago de agua. ¡Para contemplaciones estaba
          el tiempo! Nosotros fingíamos no oírle, atentos únicamente a nuestra faena, reparando el
          cordaje y atando a la entena la vela de repuesto, que izamos a los diez minutos.
          El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en la mar a aquel enemigo, que andaba
          con humo y escupía balas. ¡A tierra, y que fuese lo que Dios quisiera!
          Estábamos frente a Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos con los
          amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo a tierra, no disparó más. Nos tenía cogidos, y,
          seguro de su triunfo, ya no extremaba la marcha. La gente que estaba en la playa no tardó
          en vernos, y la noticia circuló por todo el pueblo. ¡El Socarrao venía perseguido por un
          cañonero!
          Había que ver lo que ocunió. Una verdadera revolución: créame usted, caballero.
          Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más o menos directamente del
          negocio. Esta playa parecía un hormiguero. Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían
          con mirada ansiosa, lanzando gritos de satisfacción al ver cómo nuestra barca, haciendo
          un último esfuerzo, se adelantaba cada vez más a su perseguidor, llevándole una media
          hora de ventaja.
          Hasta el alcalde estaba aquí para servir en lo que fuera bueno. Y los carabineros,
          excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de la familia, hacíanse a un
          lado, comprendiendo la situación y no queriendo perder a unos pobres. «~A tierra,
          muchachos! -gritaba nuestro patrón-. Vamos a embarrancar. Lo que importa es poner en
          salvo fardos y personas. El Socarrao ya sabrá salir de este mal paso.»
          Y, sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la arena.
          ¡Señor, qué modo de trabajar! Aún me parece un sueño cuando lo recuerdo: Todo el
          pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto: los chicuelos se deslizaban como ratas
          en la cala. «~Aprisa! ¡Aprisa! ¡Qué vienen los del Gobierno!»
          Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogían los hombres
          descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos desaparecían por aquí, otros se
          iban por allá; fue aquello visto y no visto, y en poco rato desapareció el cargamento,
          como si se lo hubiera tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas,
          filtrándose en todas las casas.
          El alcalde intervino entonces paternalmente: «Hombre, es demasiado -dijo al
          patrón-. Todo se lo llevan, y los carabineros se quejarán. Dejad, al menos, algunos bultos
          para justificar la aprehensión.»
          Nuestro amo estaba conforme: «Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos
          de la peor picadura. Que se contenten con eso.»
          Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación de la
          barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel diablo de hombre estaba en todo:
          «~Los folios! ¡Borrad los folios!»
          Parecía que a la barca le habían salido patas. Estaba ya fuera del agua y se anastraba
          por la arena en medio de aquella multitud que bullía y trabajaba, animándose con alegres
          gritos. «~Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del Gobierno!»
          El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su madre. El
          pobrecillo gemnia de dolor a cada movimiento brusco; pero se tragaba las lágrimas y reía
          también, como los otros, viendo que el cargamento se salvaba y pensando en aquel
          chasco que hacía reír a todos.
          Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas, comenzó la
          rapiña en la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas, los remos; hasta desmontamos
          el mástil, que se cargó en hombros una turba de muchachos, llevándolo en procesión al
          otro extremo del pueblo. La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.
          Y, mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. El Socanao se
          desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazos fue borrado el nombre de
          popa y de los folios de los costados, de esos malditos letreros, que son la cédula de toda
          embarcación, no quedó ni rastro.
          El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada del pueblo
          los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio queriendo verlo todo, y para
          mayor disimulo ayudaba a unos amigos que echaban al mar una lancha de pesca.
          El cañonero envió un bote armado y saltaron a tiena no sé cuántos hombres con
          fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente, juraba furioso mirando El Socarrao y
          a los carabineros, que se habían apoderado de él.
          Todo el vecindario de Tonesalinas se reía a aquellas horas, celebrando el chasco, y
          aún hubiera reído más viendo, como yo, la cara que ponía aquella gente al encontrar por
          todo cargamento unos cuantos bultos de tabaco malo.
          -¿Y qué pasó después? -pregunté al viejo-. ¿No castigaron a nadie?
          -¿A quién? Únicamente podían castigar al pobre Socarrao, que quedó prisionero. Se
          ensució mucha papel, y medio pueblo fue a declarar; pero nadie sabía nada. ¿De qué
          matrícula era el barco? Silencio; nadie le había visto los folios. ¿ Quiénes lo tripulaban?
          Unos hombres que al varar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más.
          -¿Y el cargamento? –dije yo.
          -Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es pobreza. Cuando embarrancamos,
          cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y echó a correr para esconderlo en su casa.
          Pero al día siguiente estaban todos a disposición del patrón; no se perdió ni una libra de
          tabaco. Los que exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte
          están más libres de tenteciones que los otros.
          -Desde entonces –continuó el viejo- está ahí preso el pobre Socarrao. Pero no
          tardará en hacerse a la mar con su amigo amo. Parece que ha terminado el papeleo; lo
          sacarán a subasta y se lo quedará el patrón por lo que quiera dar.
          -¿Y si otro da más?
          -Y quién ha de ser ése? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe quiénes el
          verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal corazón que intente
          perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada uno lo que sea suyo, y el mar, que es de
          Dios, para nosotros los pobres, que hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el
          Gobierno.
          FIN

          Dá que pensar, ¿ Verdad?
          Editado por última vez por albacora; 13/11/2009, 13:57:15.

          Comentario


          • Re: Rincón literario

            Lo que voy a copiar hoy y en días sucesivos, no es sensu stricto literario, pero pienso que como ensayo puede colocarse aquí. Desde que lo leí, hace ya bastantes años, no ha dejado de sorprenderme nunca, porque es la demostración palpable de que, con variantes, la Historia se repite. O al menos, que no hemos cambiado mucho en casi 2.000 años.

            Es el prólogo a una obrita de Eileen Power (1889-1940) "Gente medieval" muy fácil de leer para cualquiera que le guste algo la Historia.

            l. ROMA EN DECADENCIA

            Todo niño que va a la escuela sabe que la Edad Media surgió de las ruinas del imperio romano. La decadencia de Roma precedió y en algunos aspectos preparó el nacimiento de los reinos y las culturas que componían el sistema medieval. Sin embargo, a pesar de la patente veracidad de esta proposición histórica, es poco lo que sabemos de la vida y el pensamiento en los años intermedios, es decir, en el período en que Europa iba dejando de ser romana pero aún no era medieval. No sabemos qué sentían las personas al contemplar la decadencia de Roma; ni siquiera sabemos si eran conscientes de lo que veían, aunque podemos estar muy seguros de que nadie previó ni, a decir verdad, podía prever la forma que el mundo adquiriría en los siglos posteriores.

            No obstante, la trágica historia, sus temas y protagonistas principales estaban a la vista de todos. A ningún observador podía pasarle por alto que el imperio romano de los siglos IV y V ya no era el de la gran época de Antonino y Augusto; que había perdido el dominio sobre sus territorios y la cohesión económica y que se veía amenazado por los bárbaros que acabarían arrollándolo. En el momento de su apogeo, el territorio del imperio se extendía desde las tierras situadas a orillas del Mar del Norte hasta las que limitaban con los bordes septentrionales del Sáhara, y desde la costa atlántica de Europa hasta las estepas asiáticas; comprendía la mayoría de las regiones de los antiguos imperios helénico, persa y fenicio, y gobernaba o tenía a raya a grandes grupos de pueblos y principados más allá de sus fronteras galas y norteafricanas. De estas fronteras, las más alejadas, se había retirado y seguía retirándose la Roma del siglo IV.

            En siglos anteriores dentro de sus fronteras fluían grandes corrientes comerciales entre las regiones, siguiendo las rutas que ligaban todas las provincias del imperio a Roma, así como recíprocamente, a la mayoría de las provincias. Pero a partir del siglo III, empezó a disolverse la unidad económica del imperio y en el siglo V ya habían desaparecido casi todas las grandes corrientes del comercio interregional, a la vez que las provincias y los distritos tenían que valerse de sus propios recursos. Y reducida la riqueza de las provincias, restringido su comercio, las grandes ciudades provinciales también perdieron parte de su población, de su riqueza, de su poder político.

            Con todo, hasta los últimos momentos el imperio se esforzó por defender sus fronteras contra los bárbaros que convergían en ellas. Las conquistas bárbaras, al igual que todas las conquistas, no sólo eran una amenaza de destrucción y ruina, sino que la forma de vivir de los bárbaros era la negación misma de lo que había sido la civilización romana, pero que, por desgracia, poco a poco iba desvaneciéndose.

            Sin embargo, no fue en lo material donde las gentes de la época encontraron, o deberían haber encontrado, el conflicto más agudo entre Roma y las perspectivas bárbaras que se le ofrecían. La civilización romana era, sobre todo, una civilización de la mente. Tenía detrás de ella una larga tradición de pensamiento y de logros intelectuales, el legado de Grecia, una tradición a la que había hecho su propia aportación. El mundo romano era un mundo de escuelas y universidades, de escritores y constructores. El mundo de los bárbaros era un mundo en el que la mente se hallaba en su infancia y ésta era larga. Las sagas guerreras de la raza, que prácticamente han desaparecido o se conservan sólo en forma de leyendas creadas en una época posterior; las escasas y rudimentarias reglas que se necesitaban para la buena marcha de las relaciones personales, todo esto apenas constituía una civilización en el sentido que los romanos daban al término. El rey Chilperico, tratando de componer versos en el estilo de Sedulius, aunque no sabía distinguir entre un pie largo y un pie corto y todos sus versos cojeaban; el propio Carlormagno, acostándose con la pizarra debajo de la almohada para practicar, despierto en la cama, aquel arte de escribir que nunca llegaría a dominar; ¿qué tienen en común con Julio César y Marco Aurelio y aquel gran Juliano llamado el Apóstata? Resumen en su misma persona el abismo que había entre la Germanía y Roma.

            Roma y los bárbaros eran, pues, no sólo protagonistas, sino dos actitudes distintas ante la vida, la civilización y la barbarie. No podemos ocuparnos detalladamente aquí de la cuestión de por qué, al producirse el choque entre las dos, fue la civilización la que pereció y la barbarie la que salió victoriosa. Pero es importante recordar que mientras intentaba defender sus fronteras contra las huestes bárbaras, el imperio fue abriéndolas gradualmente a los colonizadores bárbaros.

            Esta infiltración pacífica de bárbaros que alteró en su totalidad el carácter de la sociedad invadida hubiese sido imposible, por supuesto, si esa sociedad no hubiera estado enferma. La enfermedad ya es claramente visible en el siglo III. Se manifiesta en esas sanguinarias guerras civiles en las que la civilización se desgarra a sí misma, provincia contra provincia y ejército contra ejército. Se manifiesta en la gran crisis inflacionaria que empieza alrededor del año 268 y en los impuestos que paulatinamente aplastaron a la pequeña burguesía mientras que las fortunas de los ricos se libraban de la red. Se manifiesta en el retroceso gradual de una economía basada en el libre intercambio hacia condiciones cada vez más primitivas, a medida que cada provincia procura ser autosuficiente y el cambio en especie sustituye al comercio.

            …/
            Vive y deja vivir,
            pero vive como piensas,
            o acabarás pensando como vives.

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            • Re: Rincón literario

              Lo tenía totalmente olvidado, sigo con lo prometido.

              .../
              Se manifiesta en la decadencia de la agricultura y en la población urbana sin trabajo a la que se aplaca a fuerza de darle pan y circo, una población cuya vida contrastaba dramáticamente, terriblemente, con la de las altivas familias senatoriales y los grandes terratenientes en sus villas palatinas y sus casas de la ciudad. Se manifiesta en las fes místicas que se erigen sobre las ruinas de la filosofía, y en la superstición (sobre todo la astrología) que se instala sobre las ruinas de la razón. Una religión en particular se hizo poderosa empuñando su libro sagrado y dirigiéndose con palabras de esperanza a las víctimas de la injusticia social; pero, aunque consiguió traer consuelo para los individuos, no pudo hacer nada, y de hecho ni lo intentó, por dar nueva fuerza o inspiración a la civilización acosada por las dificultades. Fiel a su propio etos, se mostró imparcial entre bárbaros y romanos, o entre los romanos que prosperaban y gobernaban y los que carecían de privilegios.

              La manifestación más obvia del declive de la sociedad romana era la disminución del número de Ciudadanos. El imperio había empezado a despoblarse mucho antes de finalizar el período de paz y prosperidad que duró de Augusto a Marco Aurelio. ¿Acaso el propio Augusto no hace comparecer al pobre hombre de Fiésole que tiene una familia de ocho hijos, treinta y seis nietos y dieciocho bisnietos, y organiza en su honor una fiesta en el Capitolio, acompañada de mucha publicidad? ¿Acaso Tácito, medio antropólogo y medio Rousseau, describiendo al noble salvaje con el ojo puesto en sus conciudadanos, no comenta que entre los germanos se considera vergonzoso limitar el número de hijos? La larga duración de las leyes que dictó Augusto para elevar la tasa de natalidad es significativa; éxito no lo tuvieron, pero el hecho de que se mantuvieran en el código de leyes, con revisiones y ampliaciones sistemáticas, durante tres siglos demuestra que, como mínimo, se las consideraba necesarias. Cierto es, por supuesto, que la tasa de mortalidad era en aquellos tiempos un factor mucho más importante que en los nuestros, y la mortalidad causada por la peste y las guerras civiles, a partir de Marco Aurelio, fue excepcional. Y es evidente que la proporción de célibes era elevada en el imperio romano y que seguía registrándose el descenso de la fertilidad de los matrimonios. Es el matrimonio sin hijos, el sistema de la pequeña familia, lo que deploran los autores de la época. Como dijo Seeley: «La cosecha humana fue mala.» Fue mala en todas las clases, pero el descenso fue más acentuado en los estratos superiores, los más educados, los más civilizados, los líderes potenciales de la raza. Citando las terribles palabras de Swift, al enfrentarse a su propia locura, el imperio romano habría podido exclamar: «Moriré como un árbol... de la copa hacia abajo.»

              ¿Por qué (la pregunta insistente se hace obligada) perdió esta civilización la facultad de reproducirse? ¿Fue, como dijo Polibio, porque la gente prefería las diversiones a los hijos o deseaba criar a sus hijos cómodamente? Nada de eso, ya que aparece más acentuada entre los ricos que entre los pobres y aquéllos pueden tenerlo todo. ¿Fue porque la gente estaba desanimada y descorazonada, ya no creía en su propia civilización y era reacia a traer hijos a las tinieblas y al desastre de su mundo destruido por la guerra? No lo sabemos. Pero podemos ver la relación del descenso demográfico con los otros males del imperio: el fuerte coste de la administración relativamente más oneroso cuando la densidad demográfica es baja; los campos abandonados, las legiones menguantes e insuficientes para proteger la frontera.

              Para curar esta enfermedad de la población, los gobernantes romanos no conocían otro procedimiento que administrarle dosis de vigor bárbaro. Sólo una pequeña inyección para empezar y luego más y más hasta que al final la sangre que corría por sus venas no era romana, sino bárbara. Y entraron los germanos para colonizar las fronteras, para labrar los campos, para alistarse primero en los cuerpos auxiliares y luego en las legiones, para desempeñar los importantes cargos del estado. El ejército se vuelve bárbaro, y un autor moderno el señor Moss, ha citado de forma harto acertada la queja de la madre egipcia que pide a voces que le devuelvan a su hijo que (dice ella) se ha ido con los bárbaros: quiere decir que se ha alistado en las legiones romanas. Las legiones se vuelven bárbaras y vuelven bárbaro al emperador, Para ellas el emperador ya no es la encarnación majestuosa, de la ley, sino su líder, su Führer, y lo alzan sobre sus escudos. Y al lado de la «barbarización» del ejército se produce también la de las costumbres civiles. En el año 397 Honorio tiene que publicar un edicto prohibiendo que se vista a la usanza germánica dentro de los límites de Roma. Y al final, medio bárbaros ellos mismos, no tienen más que bárbaros que los defiendan de la barbarie.

              .../
              Vive y deja vivir,
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              • Re: Rincón literario

                ¡Que barbaridad Crimilda!
                Como te da el tiempo para tanto.Sigo con gran aficion tu hilo de LOS GRANDES MARINEROS ESPAÑOLES DEL XVIII versus NELSON Y CIA y ahora apareces comandando el Rincon Literario .Felicidades
                FELIZ NAVIDAD A TODOS

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                • Re: Rincón literario

                  Originalmente publicado por Mar Piscinosa Ver Mensaje
                  ¡Que barbaridad Crimilda!
                  Como te da el tiempo para tanto.Sigo con gran aficion tu hilo de LOS GRANDES MARINEROS ESPAÑOLES DEL XVIII versus NELSON Y CIA y ahora apareces comandando el Rincon Literario .Felicidades
                  FELIZ NAVIDAD A TODOS
                  Pues pásate por este otro hilo, verás como te gusta.

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                  • Re: Rincón literario

                    /...

                    Éste era el panorama general de una civilización en ruinas en la que vivían los romanos de los siglos IV, V Y VI, ¿Cómo sería, pues, vivir cuando la civilización se estaba viniendo abajo ante las fuerzas de la barbarie? ¿Se daba cuenta la gente de lo que estaba pasando? ¿La lobreguez de la Edad de las Tinieblas proyectó su sombra antes? Da la casualidad de que podemos responder de forma muy clara a estas preguntas si clavamos los ojos en una parte concreta del imperio, la famosa y civilizadísima provincia de la Galia. Podemos ver la decadencia en tres momentos porque en tres siglos consecutivos, autores galorromanos nos han dejado una crónica de su vida y de su tiempo. En el siglo IV tenemos a Ausonio; en el V, a Sidonio Apolinar; en el VI, a Gregorio de Tours y a Fortunato, forastero procedente de Italia que se estableció en Poitiers. Nos muestran la Auvernia y el Bordelés a la luz del atardecer. Los siglos IV, V y VI… ¡a la una, a las dos, a las tres!


                    2. AUSONIO

                    iA la una! Éste es el mundo de Ausonio, el sudoeste de Francia en la segunda mitad del siglo IV, «un veranillo de San Martín entre las eras de tempestad y destrucción». El propio Ausonio es un estudioso y un caballero, amigo por igual del pagano Simaco y de san Paulino de Nola. Durante treinta años es profesor de retórica en la universidad de Burdeos, durante algún tiempo preceptor de un príncipe, prefecto pretorio de la Galia, cónsul y, en sus últimos años, simplemente un anciano satisfecho que vive en sus fincas. Su poema más famoso es una descripción de la Mosela que, pese a sus muestras de afectación literaria, evoca de modo harto mágico los risueños paisajes que fueron el telón de fondo de la vida de su autor. Muy por encima del río, a una y otra orilla, se alzan las villas y casas de campo, con sus patios y céspedes y pórticos sostenidos por columnas, y las termas desde las que, si lo deseas, puedes zambullirte en el río. La ladera soleada aparece cubierta de vides, y desde ella hasta la cima los agricultores se llaman unos a otros y al viajero que anda por el camino de sirga o a los gabarreros que pasan flotando, gritan sus bromas groseras a los viñadores que holgazanean. A lo lejos, en medio del río, el pescador arrastra su red rebosante y en una roca de la orilla otro pescador maneja su caña. Y al caer la noche, la sombra, cada vez más intensa de la verde ladera se refleja en el agua y, al bajar la vista, el barquero casi puede contar las vides temblorosas y ver la hinchazón de las uvas.

                    Igualmente pacífica, igualmente placentera es la vida en la finca del propio Ausonio en el Bordelés, su pequeño patrimonio (lo llama él) aunque tenía unas cuatrocientas hectáreas de viñedos y cultivos y bosques. La señorita Waddell nos ha recordado, basándose en Saintsbury (¿en quién si no?) que “hasta el día de hoy se jacta de ser el Château-Ausone, con un viñedo que produce uno de los dos mejores tintos de Saint Emilion”. Aquí cuida sus rosas y envía a su chico a visitar a los vecinos invitándoles a almorzar, mientras él interroga al cocinero. Seis, incluyendo el anfitrión, es el número apropiado: si son más, no es una comida, sino un tumulto. Luego están todos sus parientes a los que hay que conmemorar en verso, su abuelo y su abuela y sus hermanas y sus primos y sus tías (especialmente sus tías).

                    Y cuando el círculo familiar empieza a aburrirle, puede recurrir a los estudiantes de último año y a los profesores de Burdeos, a quienes celebrará en su momento. Los profesores eran personas importantes en el imperio del siglo IV; Simaco dice que el estado floreciente se distingue por pagar buenos salarios a los profesores; aunque yo no me atrevería a decir qué es exactamente lo que hemos de deducir de esta afirmación a la luz de la historia. Así que Ausonio escribe una colección de poemas sobre los profesores de Burdeos. Hay treinta y dos y a todos ellos celebra. Está Minervius el orador, que tenía una memoria prodigiosa y después de una partida de chaquete solía hacer un análisis post mortem de cada una de las jugadas. Está Anastasius el gramático, que fue tan tonto que dejó Burdeos por una universidad provinciana y a partir de entonces languideció en merecida oscuridad. Está Attius Tiro Delphidius, que dejó su carrera jurídica para ocupar la cátedra de profesor, aunque nunca se logró interesarle por sus alumnos, con gran decepción de los padres de éstos. Está Jocundus el gramático, que en realidad no merecía su título, pero que era tan amable que le conmemoraremos entre los hombres de valía, aunque, en rigor, no estaba a la altura de su tarea. Está Exuperius, que era muy bien parecido y cuya elocuencia parecía soberbia hasta que la examinabas y te dabas cuenta de que no significaba nada. Está Dynamius, que se apartó de las sendas de la virtud con una señora casada de Burdeos y abandonó el lugar con bastante precipitación, pero que, por suerte, cayó de pie en España. Está Victorius el ayudante de escuela, a quien sólo gustaban los problemas históricos más abstrusos, tales como cuál era la-genealogía del sacerdote sacrificatorio de Cureo mucho antes de los tiempos de Numa, o lo que Cástor tenía que decir sobre todos los reyes legendarios, y que nunca llegó tan lejos como Tulio o Virgilio, aunque hubiese podido llegar, de haber seguido leyendo durante suficiente tiempo, pero la muerte se lo llevó demasiado pronto. Parecen figuras extrañamente conocidas (exceptuando, por supuesto, a Dynamius) y su cronista logra hacerlas vivir.

                    Tal es el mundo que nos describe Ausonio. Pero mientras esta vida placentera en la casa de campo y en el salón de la universidad seguía su sereno curso, ¿qué encontramos en los libros de historia? Ausonio casi rozaba los cincuenta cuando en el 357 los germanos cruzaron en enjambre el Rhin, saquearon cuarenta y cinco ciudades florecientes y acamparon en las márgenes del Mosela. Había visto al gran Juliano empuñar las armas (“Oh Platón, Platón, qué tarea para un filósofo”) y en una serie de brillantes campañas expulsarlos de nuevo. Diez años después, cuando era preceptor de Graciano, él mismo había acompañado al emperador Valentiniano en otra campaña contra los mismos enemigos. Diez años más tarde, cuando todavía se jactaba de su consulado, debió de llegarle la noticia de la desastrosa batalla de Adrianópolis en el este, en la que los godos derrotaron a un ejército romano y dieron muerte a un emperador. Murió en el 395 y antes de que transcurrieran doce años de su muerte la hueste germánica había cruzado el Rhin, «toda la Galia era una humeante pira funeraria» y los godos estaban ante las puertas de Roma. ¿Y qué tienen qué decir Ausonio y sus corresponsales sobre esto? Ni una palabra. Ausonio y Simaco y su grupo prescinden de los bárbaros tan completamente como las novelas de Jane Austen prescinden de las guerras napoleónicas.

                    …/

                    Puede que tenga errores, porque es escaneado, aunque lo he repasado, pero...
                    Vive y deja vivir,
                    pero vive como piensas,
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                    Comentario


                    • Re: Rincón literario

                      Hola a todos y birritas a los que gusten!
                      Hace mucho que no paso por aquí, hay cosas extraordinarias
                      ¿Me aceptan algo de música con literatura?
                      Esto es.... como la vida misma




                      Genial el uruguayo ¿no?

                      Comentario


                      • Re: Rincón literario

                        Cuanto hacia que no escuchaba a Leo !!!!!!!!!
                        Genial, Flavio, me he reìdo un montòn !!!!!!!


                        gracy
                        "El lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistò. De esa miel no comen las hormigas"

                        Comentario


                        • Re: Rincón literario

                          3. SIDONIO APOLlNAR

                          A la una, a las dos... Unos treinta y cinco años después de la muerte de Ausonio, a mediados del desastroso siglo VI, nació Sidonio Apolinar, aristócrata galorromano, padre político de un emperador, ex prefecto de Roma y, al final, obispo de Clermont. Sidonio Apolinar, 431 (más o menos) a 479 o quizás unos pocos años más tarde. Muchas cosas habían ocurrido entre la muerte de Ausonio y el nacimiento de Sidonio. Las luces se estaban apagando en toda Europa. Se habían instaurado reinos bárbaros en la Galia y en España, la propia Roma había sido saqueada por los godos; y durante su vida el derrumbamiento prosiguió, cada vez con mayor rapidez. Era un joven de veinte años cuando el horror definitivo cayó sobre Occidente: la irrupción de Atila y los hunos. Eso pasó, pero cuando tenía veinticuatro años los vándalos saquearon Roma. Vio al terrible Ricimero, el germano hacedor de reyes, entronar y destronar a una serie de emperadores marionetas, vio tirar el último vestigio de independencia gala y él mismo pasó a ser súbdito de los bárbaros; y unos años antes de su muerte presenció la caída del imperio en Occidente.

                          No pueden, Sidonio y sus amigos, hacer caso omiso, como hicieran Ausonio y sus amigos, de que algo le está ocurriendo al Imperio. Los hombres del siglo V ven con preocupación estos desastres y cada uno de ellos se consuela a su manera. Algunos piensan que no puede durar. Al fin y al cabo, dicen, el imperio ya ha estado en apuros antes y siempre ha acabado saliendo del mal paso e imponiéndose a sus enemigos, Así, el propio Sidonio, en el mismo año después de que saquearan la ciudad; Roma ha soportado lo mismo antes: Porsena, Breno... Aníbal... Sólo que esa vez Roma no superó el mal trance. Otros trataron de utilizar los desastres para corregir los pecados de la sociedad. Así, Salviano de Marsella, al que sin duda habrían llamado el deán pesimista si no hubiera sido obispo. Para él, lo único que la decadente civilización romana necesita es copiar algunas de las virtudes de estas jóvenes y vigorosas gentes bárbaras. Tenemos la conocida figura de Orosio, que defiende a los bárbaros con el argumento de que el imperio romano se fundó con sangre y conquistas y, por ende, no puede arrojar piedras a los bárbaros; y, después de todo, los bárbaros no son tan malos. «Si los infelices a quienes han despojado se contentan con lo poco que les queda, sus conquistadores les querrán como amigos y hermanos.» Otros, sobre todo los eclesiásticos más reflexivos, se esfuerzan en explicar por qué un imperio que había florecido bajo el paganismo se ve ahora en tales apuros bajo el cristianismo. Otros abandonan el imperio por completo y (como San Agustín) depositan su esperanza en una ciudad que no ha sido hecha con las manos, aunque Ambrosio, cierto es, dejó caer la significativa observación de que no era la voluntad de Dios que su pueblo se salvara ergotizando. «Dios no ha tenido a bien salvar a su pueblo por medio de la dialéctica.»

                          …/
                          Vive y deja vivir,
                          pero vive como piensas,
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                          Comentario


                          • Re: Rincón literario



                            dejen de matarme el burro

                            feliz navidad











                            Comentario


                            • Re: Rincón literario

                              ¿Mande?

                              Eres un poco críptico para mí.

                              Vive y deja vivir,
                              pero vive como piensas,
                              o acabarás pensando como vives.

                              Comentario


                              • Re: Rincón literario

                                Voy a despedir el año como lo empecé: dando la tabarra con mis lecturas. Continúo pues con Eileen Power.

                                /...
                                ¿Y cómo vivían? Bastará leer las cartas que escribió Sidonio durante el período comprendido entre el 460 y el 470, cuando vivía en su finca de la Auvernia, para que nos demos cuenta de que en la superficie todo sigue exactamente como antes. La Galia ha encogido, es verdad, hasta quedar reducida a un mero vestigio entre tres reinos bárbaros, pero, por lo demás, podríamos estar de nuevo en los tiempos de Ausonio. Vemos la lujosa villa, con sus termas y su piscina, sus suites de habitaciones, sus vistas al lago; y vemos a Sidonio invitando a sus amigos a alojarse en su casa o enviando sus composiciones a los profesores y a los obispos y a los caballeros rurales: El deporte y los juegos son muy populares: Sidonio monta a caballo y nada y caza y juega al tenis. En una carta le dice a su corresponsal que ha pasado algunos días en el campo con su primo y un viejo amigo, cuyas fincas son colindantes. Habían enviado exploradores con el encargo de darle alcance y hacerle volver para que pasara, una semana con ellos, turnándose en agasajarle. Hay partidas de tenis sobre el césped antes del desayuno o de chaquete para los hombres demás edad. Hay una o dos horas en la biblioteca antes de sentamos ante un excelente almuerzo seguido de una siesta. Luego salimos a pasear a caballo y volvemos para damos un baño caliente y un chapuzón en el río. Me gustaría describir nuestras exquisitas cenas, concluye, pero no tengo más papel. De todos modos, ven a pasar unos días con nosotros y te lo contaré. Resulta obvio que esto no es Britania, donde en el siglo v gentes semibárbaras acampaban en las villas abandonadas y cocían sus alimentos en el suelo de las habitaciones principales.


                                Y, sin embargo… la decadencia había avanzado mucho desde los tiempos de Ausonio y Sidonio ya no podía hacer caso omiso de la existencia misma de los bárbaros. A decir verdad, nos ha dejado notables retratos de ellos, especialmente del rey de los visigodos y de los burgundos que gobernaban Lyon, donde nació Sidonio. Siempre que iba a pasar unos días allí, se queja, se reunían en tomo a él dando muestras de una cordialidad embarazosa, el aliento oliéndoles a puerros y cebolla y peinándose con mantequilla rancia (al parecer, no se veían obligados a elegir entre las lanzas y la mantequilla). ¿Cómo puede componer metros de seis pies, pregunta, con tantos parroquianos de siete pies[MSOFFICE1] a su alrededor, todos ellos cantando y esperando de él que admirase su inculto torrente de palabras no latinas? El encogimiento de hombros, el desprecio cordial de alguien que es consciente de una superioridad infinita: cuán claro resulta. Una recuerda un verso de Verlaine:

                                Je suis l'empire a la fin de la decadence
                                qui regarde passer les grands barbares blancs.

                                Pero la afabilidad de Sidonio iba a sufrir una violenta sacudida. No todos los bárbaros eran gigantes amistosos, y los visigodos de al lado, bajo su nuevo rey, Eurico, volvieron sus ojos codiciosos hacia la Auvemia. Sidonio no había cumplido aún dos años como obispo de Clermont cuando tuvo que organizar la defensa de la ciudad contra su ataque. Las gentes de la Auvemia se comportaron valientemente; lucharían y pasarían hambre, pero defenderían este último baluarte de Roma en la Galia. Pero eran pocos; para que su resistencia tuviese éxito, necesitaban recibir ayuda de la propia Roma. Para que nadie sospeche que he tergiversado la historia, la contaré con las palabras del que preparó la edición de Sidonio hace ahora veinte años.

                                Julio Nepote era consciente del peligro de que Eurico cruzara el Ródano; pero, al ser débiles sus recursos, su única esperanza de garantizar la paz era la negociación. El cuestor Licinianus había sido enviado a la Galia para que investigase la situación sobre el terreno... Ahora ya había vuelto y pronto se vio claramente que no era probable que se cumpliesen las esperanzas basadas en su intervención. Nos encontramos con Sidonio escribiendo para pedir información... Empezaba a temer que se estuviera tramando algo a sus espaldas y que el verdadero peligro para la Auvemia ya no procediese de determinados enemigos, sino de amigos pusilánimes. Sus sospechas estaban sobradamente fundadas. Al recibirse el informe del cuestor, se celebró un consejo para determinar la política que debía seguir el imperio en relación con el rey visigodo ... El imperio no se sentía suficientemente fuerte como para apoyar a la Auvemia y se decidió ceder la totalidad del territorio a Eurico, al parecer sin condiciones.

                                La desesperación de Sidonio no tuvo límites y escribe una carta noblemente indignada a un obispo que había tomado parte en las negociaciones:

                                El estado de nuestra infeliz región es en verdad penoso. Todo el mundo declara que las cosas eran mejores durante la guerra que ahora, después de firmarse la paz. Nuestra esclavitud fue el precio de la seguridad para un tercero; la esclavitud, ¡ah ... qué vergüenza!, de aquellas gentes de la Auvemia ... que en nuestra propia época se destacaron solas para contener el avance del enemigo común ... Éstos son los hombres cuyos soldados comunes eran tan buenos como capitanes, pero que nunca cosecharon el beneficio de sus victorias: eso se entregó para vuestro consuelo, mientras que ellos tuvieron que soportar toda la carga aplastante de la derrota ... Ésta ha de ser nuestra recompensa por desafiar la indigencia, el fuego, la espada y la peste, por cebar nuestras espadas en la sangre del enemigo y entrar nosotros hambrientos en batalla. Ésta es la famosa paz que soñábamos cuando arrancábamos la hierba de las grietas para comérnosla ... A pesar de todas estas pruebas de nuestra devoción, diríase que se nos debe sacrificar. Si así es, ojalá vivas para ruborizarte por una paz sin honor ni ventaja.

                                La Auvernia había sido sacrificada para salvar a Roma. Pero Roma no iba a disfrutar su paz con honor durante mucho tiempo. Todo esto tuvo lugar en el 475; y en el 476 el último emperador fue depuesto por el bárbaro que mandaba sus mercenarios, y el imperio occidental llegó a su fin. En cuanto a Sidonio, los godos lo encarcelaron durante un tiempo y antes de que pudiera recuperar su finca tuvo que escribir un panegírico para el rey Eurico (él, que había escrito panegíricos para tres emperadores romanos). Está claro que la antigua vida en la casa de campo siguió como antes, aunque los hombres que intercambiaban cartas y epigramas se encontraban ahora bajo el dominio de los bárbaros. Pero en una carta que escribió poco antes de su muerte surge de Sidonio una sola línea en la que desnuda su corazón. O necesitas abjecta nascendi, vivendi misera, dura moriendi (o humillante necesidad de nacer, triste necesidad de vivir, dura necesidad de morir) Poco después del 479 murió y antes de que transcurrieran veinte años Clodoveo había iniciado·su carrera de conquistas y Teodorico gobernaba Italia.

                                [MSOFFICE1]* Juego de palabras: «pie» es a la vez «cada una de las partes de que se compone un verso» y una medida de longitud que equivale a 30 centímetros. (N. del t.)

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                                ¡Feliz año 2010!
                                Vive y deja vivir,
                                pero vive como piensas,
                                o acabarás pensando como vives.

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